• 16 septiembre, 2026 03:33

El periodismo del espejo.

Apuntes de Rolando Morales ✒️ 15 de septiembre de 2026

Hay tragedias que obligan a informar.  Y hay medios que, frente a ellas, sienten una necesidad casi patológica de mirarse al espejo.

La muerte de Santiago, el estudiante de la Facultad de Ingeniería de la UASLP fue una de esas noticias que ningún periodista quería cubrir y que, sin embargo, era imposible ignorar.

Un joven perdió la vida dentro de un campus universitario. La comunidad quedó conmocionada. Su familia quedó destrozada. Sus compañeros quedaron marcados.

Ahí estaba la historia. Ahí estaba el interés público. Ahí estaba también la responsabilidad profesional.

Pero en San Luis Potosí algunos decidieron que el protagonista no era el estudiante fallecido ni la discusión urgente sobre salud mental, prevención del suicidio o acompañamiento psicológico.

No. El protagonista era el propio medio. Su supuesta superioridad moral. Su necesidad de presumir que tenía las fotografías, pero que era demasiado virtuoso para publicarlas.

Es una extraña enfermedad del periodismo contemporáneo: el exhibicionismo de la prudencia. “Miren qué éticos somos”. “Miren cómo sí tenemos el material”. “Miren cómo nosotros sí sabemos hacer periodismo”.

Lo que antes era una decisión editorial silenciosa ahora se convierte en una campaña de autopromoción.

No basta con no publicar una imagen; hay que anunciarlo, presumirlo, convertirlo en un trofeo y esperar aplausos.

La contradicción resulta fascinante.

Si la fotografía es tan dañina que no debe difundirse, ¿cuál es la necesidad de informar que se posee?; ¿Por qué convertir la existencia de ese material en parte de la narrativa?

La ética deja de ser ética cuando se utiliza como estrategia de marketing.

En ese momento deja de proteger a las víctimas y empieza a proteger la marca.

Mientras tanto, otros fueron todavía más lejos.  

Compartieron imágenes explícitas, fotografías y material que permitía identificar plenamente al estudiante.

No hubo reflexión. No hubo contexto. No hubo respeto. Hubo clics. Hubo alcance. Hubo la vieja tentación del morbo disfrazada de cobertura informativa.

La propia UASLP tuvo que pedir públicamente que se dejara de difundir ese contenido por respeto a la familia y a la comunidad universitaria.

Y como si el dolor no fuera suficiente, aparecieron los de siempre: los operadores disfrazados de periodistas.

Los que aprovechan cualquier hecho para convertirlo en arma política.  Los que leen una tragedia humana y ven una oportunidad de golpear adversarios, defender aliados o alimentar narrativas convenientes para el grupo al que orbitan.

Porque en algunos espacios ya no importa qué ocurrió, sino a quién beneficia o perjudica que haya ocurrido.

El periodismo no consiste en esconder información ni en exhibir cadáveres.

Tampoco en repartir certificados de pureza editorial desde Facebook.

Consiste en entender que detrás de cada noticia hay personas reales. En saber cuándo una imagen aporta contexto y cuándo únicamente alimenta el morbo. En reconocer que el respeto no necesita campañas publicitarias.

La muerte de un joven universitario no debió convertirse en una competencia de virtudes ni en un campo de batalla político.

Pero quizá esa sea la lección más incómoda de toda esta historia: algunos medios dejaron de mirar el hecho para mirarse a sí mismos.  Y cuando el periodista se vuelve más importante que la noticia, el periodismo ya perdió.

Contrapeso noticias… Opinión que hace opinión con una nueva generación de columnistas.

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