El dicharachero: Dichos para estos tiempos.
“Se pusieron de pechito…”
Reflexiones de Daniel Gutiérrez / 26 de junio de 2026
Solemos decir que alguien “se puso de pechito” cuando, por sus propias acciones, termina facilitándole las cosas a quien tiene enfrente.
No hace falta una conspiración ni un plan perfectamente diseñado; basta con cometer una serie de errores que dejan el escenario servido para que alguien más aproveche la oportunidad.
Eso fue precisamente lo que vino a mi mente al observar lo ocurrido esta semana en el Congreso del Estado.
Desde que se aprobó la llamada Ley Serrano, periodistas, especialistas, organizaciones y ciudadanos advirtieron que la reforma presentaba problemas importantes, particularmente por las dudas que generaba respecto de la libertad de expresión y los alcances que podría tener su aplicación.
Sin embargo, la respuesta fue cerrar filas en torno a la reforma. En lugar de abrir espacios para explicar, escuchar o reconocer que toda ley es perfectible, se optó por defenderla prácticamente sin conceder que pudiera existir alguna crítica atendible.
Algunas voces fueron minimizadas y otras recibieron respuestas que, lejos de desactivar la inconformidad, terminaron alimentándola.
Entonces ocurrió lo que suele ocurrir cuando la política deja de escuchar: la protesta escaló.
La toma del Congreso sorprendió a muchos, aunque quizá no debió sorprender a nadie.
Hubo un descontento genuino expresado por periodistas, organizaciones y ciudadanos, al que después pudieron sumarse otros actores con intereses propios.
Una cosa no excluye la otra. La pregunta sigue siendo la misma: ¿por qué existían las condiciones para que ese descontento creciera?
Porque esa es la reflexión que trasciende a esta reforma.
¿Qué pasa cuando la política deja de escuchar y sólo reacciona cuando la protesta escala?
Las instituciones no deberían esperar a que un problema llegue a los tribunales, se vuelva tendencia o desemboque en una manifestación para abrir espacios de diálogo. Gobernar también implica escuchar antes de que el conflicto estalle.
Las leyes no terminan de evaluarse cuando se aprueban; ahí comienza su verdadera prueba. Se examinan en los tribunales, en la opinión pública, en su aplicación cotidiana y en el escrutinio de la sociedad.
Cuando una norma genera un rechazo tan amplio, quizá lo primero no debería ser cerrar filas en torno a ella, sino preguntarse si existe algo que vale la pena escuchar.
Porque en política siempre habrá quien intente sacar ventaja de una crisis; lo verdaderamente peligroso es confundir a quienes aprovecharon el conflicto con quienes provocaron el conflicto.
La pregunta no es quién capitalizó el descontento, sino quién creó las condiciones para que creciera. Quizá por eso la expresión popular describe tan bien lo ocurrido.
Más allá de quién terminó aprovechando el conflicto, da la impresión de que fueron los propios impulsores de la reforma quienes, con una combinación de mala comunicación, poca apertura al diálogo y una reacción tardía frente a las críticas, terminaron por ponerse de pechito.
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