El Saucito, la silla vacía y la guerra de las obras.
Apuntes de Rolando Morales ✒️ 11 de agosto de 2026
Hay relaciones políticas que se enfrían poco a poco y otras que se enfrían a golpe de oficio, ausencia y obra pública detenida.
La de Enrique Galindo Ceballos y Ricardo Gallardo Cardona parece estar entrando en esa segunda categoría: públicamente se hablan con cordialidad; políticamente, cada quien parece estar midiendo cuánto puede tensarse la cuerda sin romperla.
Las sillas vacías también comunican. Y últimamente la del alcalde capitalino surge con cierta frecuencia en eventos organizados por instancias estatales.
Pasó con los operativos de seguridad de la Fenapo y con el arranque oficial de la feria. También ocurrió durante el inicio del ejercicio de fiscalización de recursos federales para los 59 municipios. En el primer caso, Galindo argumentó que no había recibido invitación formal, aunque posteriormente apareció un oficio del Patronato recibido por la Secretaría de Seguridad municipal desde junio.
Puede parecer un asunto menor, pero en política las ausencias rara vez son completamente inocentes. Menos cuando ocurren en medio de una relación que el propio alcalde reconoce como complicada. No hace falta un comunicado incendiario cuando basta con no aparecer en la fotografía.
Y luego están las obras. Ahí es donde la política deja de ser fotografía y empieza a convertirse en pavimento, maquinaria, licitaciones, presupuesto, empleo, flujos económicos, movilidad y, desarrollo.
El caso del Saucito es particularmente revelador. El proyecto lleva meses atrapado entre trámites, validaciones, amparos y explicaciones.
Galindo ha señalado retrasos y llegó a reconocer que los tiempos para ejecutar la obra se redujeron considerablemente.
Incluso después de reunirse con Gallardo, admitió que el gobernador no estaba enterado de todo el panorama de las 19 obras detenidas. Y aquí aparecen las preguntas inevitables:
¿Cómo puede un gobierno estatal no estar enterado de proyectos que llevan meses esperando autorizaciones?
Y, al mismo tiempo, ¿cómo puede un Ayuntamiento permitir que una obra de semejante dimensión llegue al borde del calendario electoral sin tener perfectamente despejado el camino jurídico y administrativo?
La respuesta quizá esté menos en la burocracia y más en la política. Porque a estas alturas nadie puede ignorar que 2027 ya está sentado en la mesa. Aunque todavía no comiencen formalmente las campañas, las obras públicas ya funcionan como una especie de precampaña silenciosa.
Una obra que inicia se presume; una que se retrasa se explica; una que se inaugura se convierte en logro y una que permanece detenida se transforma en argumento contra el adversario.
El Saucito, por eso, es mucho más que un paso a desnivel. Es una obra que puede darle dividendos políticos a quien coloque la primera piedra y costos a quien cargue con la responsabilidad de que no se haga.
La liberación de las 19 obras por parte de la Contraloría estatal llegó después de semanas de señalamientos cruzados. Gallardo aseguró que siempre hubo cordialidad con Galindo, aunque lanzó una frase que difícilmente puede considerarse diplomacia pura: el equipo del alcalde, dijo, “de repente es raro”.
Después vino la no objeción. El Gobierno del Estado aseguró que los proyectos ya podían continuar y dejó en manos del Ayuntamiento la atención de los amparos. Es decir: la pelota regresó a la cancha municipal.
Y así, entre reuniones discretas, obras detenidas, permisos liberados y fotografías que algunos prefieren evitar, la relación entre Palacio de Gobierno y el Ayuntamiento parece haberse convertido en un juego de ajedrez con maquinaria pesada.
Porque si algo ha demostrado la política potosina es que una calle, un puente, un desnivel o una obra hidráulica nunca son solamente una calle, un puente, un desnivel o una obra hidráulica.
En 2027, seguramente veremos quién corta el listón. Pero también quién explica por qué tardó tanto en llegar.
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