El dicharachero: Dichos para estos tiempos.
“Si no tienen pan, que coman pastel”
Reflexiones de Daniel Gutiérrez / 17 de abril de 2026
La frase se le atribuye a María Antonieta y, aunque nunca quedó del todo claro si realmente fue de su autoría, con el tiempo se volvió símbolo de algo mucho más importante: la desconexión entre quienes gobiernan y quienes viven la realidad cotidiana.
Y vale la pena recordarla ahora, cuando la inflación vuelve a sentirse donde más pesa: en la mesa.
En marzo de 2026 la inflación anual en México se ubicó en 4.59%, con especial presión en alimentos y productos básicos.
Pero más allá del dato técnico, lo que verdaderamente importa es lo que pasa en el mercado, en la tortillería y en la caja del supermercado.
Porque ahí las cifras tienen nombre y apellido.
El jitomate se convirtió en protagonista del encarecimiento. Reportes recientes señalan aumentos superiores al 120% anual, e incluso comparativos mayoristas hablan de alzas cercanas al 190% en algunas variedades.
El chile tampoco se quedó atrás. El poblano, el jalapeño y el serrano también registraron fuertes aumentos en los últimos meses, mientras el limón y otras verduras siguen empujando hacia arriba el gasto familiar.
Hacer una salsa ya no solo pica por el chile, también por el precio.
La tortilla, por su parte, sigue en el centro de la conversación. Mientras el gobierno sostiene que no existen razones para aumentarla, representantes del sector advierten incrementos de entre 2 y 4 pesos por kilo en distintas regiones del país.
Y ahí es donde el debate deja de ser económico para volverse político.
Porque frente al malestar ciudadano, algunas respuestas oficiales parecen mirar el problema desde demasiada distancia.
Si la carne está cara, se sugiere comer frijoles. Si la gasolina premium cuesta más, se recomienda cargar de la verde. Si la tortilla sube, se responde que el maíz está barato, como si el precio final dependiera únicamente de un ingrediente.
Pero producir y vender alimentos no solo implica materia prima. También cuentan el gas, la electricidad, el transporte, los fletes, los salarios, la renta, los empaques y hasta la inseguridad en carreteras.
Reducirlo todo a una sola variable no explica la realidad: la simplifica.
Y ahí es donde la vieja frase francesa recupera vigencia.
No por su literalidad, sino por lo que representa: la idea de que desde el poder se puede explicar con facilidad lo que en la vida diaria cuesta cada vez más.
Pensar que sustituir un producto resuelve la pérdida de poder adquisitivo, o que una respuesta desde el escritorio basta para desmentir lo que millones comprueban cada semana al hacer sus compras.
La gente no discute teorías económicas frente al refrigerador. La gente ajusta porciones, cambia marcas, elimina gustos y hace cuentas para que alcance la quincena.
Por eso, cuando se habla de inflación, conviene recordar algo elemental.
La inflación no se entiende a través de las conferencias mañaneras; se paga y se comprueba en los tickets del supermercado.

