El dicharachero: Dichos para estos tiempos.
“Se lleva, pero no se aguanta”
Reflexiones de Daniel Gutiérrez / 14 de agosto de 2026
Esta es una de esas expresiones que todos hemos utilizado alguna vez. Se aplica a quien está encantado de jugar pesado mientras le toca repartir, pero en cuanto recibe el mismo trato descubre que el juego ya no le parece tan divertido.
Y viendo a las y los diputados de MORENA durante la sesión extraordinaria del Congreso del Estado de esta semana, difícilmente se me ocurre una frase que le quede mejor. En una misma sesión se aprobaron dos reformas importantes.
Una modificó los requisitos para ocupar la fiscalía general del Estado y la otra redujo los periodos de precampaña rumbo al proceso electoral de 2027. Ambas iniciativas fueron impulsadas por el PT, en lo local, un aliado del gobierno estatal, en lo nacional, de MORENA.
Así, en una muestra más del aparente distanciamiento que MORENA mantiene con el gobierno del Estado, se opuso a ambas y uno de sus principales argumentos fue la premura.
Sus diputados reclamaron falta de tiempo para estudiar las propuestas y cuestionaron que modificaciones de esa importancia fueran aprobadas prácticamente al vapor.
Y hay que decirlo: tienen razón.
Cambiar los requisitos para encabezar la Fiscalía o modificar las reglas electorales no son asuntos menores. Ambas reformas merecían tiempo, análisis y una verdadera discusión legislativa.
El problema es que esa preocupación parece aparecer justo ahora que les tocó estar del otro lado.
A nivel federal hemos visto funcionar más de una vez la famosa aplanadora legislativa:
Reformas trascendentales, que por sus alcances merecerían no sólo el consenso entre partidos, sino una discusión mucho más amplia con la sociedad, avanzan a toda velocidad simplemente porque existen los votos suficientes para aprobarlas.
Incluso en nuestro Estado, mientras Morena y el Partido Verde caminaron juntos en buena parte de las decisiones legislativas, el mayoriteo tampoco parecía quitarles demasiado el sueño.
Ahora que sus diferencias son cada vez más evidentes y los votos ya no necesariamente están del mismo lado, resulta que las prisas legislativas sí son motivo de preocupación.
Y tampoco se trata de justificar el mayoriteo simplemente porque ahora les tocó padecerlo. Al contrario. Quizá lo ocurrido esta semana sirva para entender por qué esa práctica es incorrecta, venga de quien venga.
Las mayorías existen y deben respetarse. Al final, alguien tiene que ganar una votación. Pero un Congreso no existe únicamente para contar votos; existe para debatir antes de emitirlos, analizar las consecuencias de lo que pretende aprobar y escuchar no sólo a las fuerzas políticas que están en minoría, sino también a la ciudadanía que finalmente tendrá que vivir bajo esas reglas.
Y eso cobra todavía mayor importancia por una razón muy sencilla: las mayorías cambian. Quien hoy tiene los votos suficientes para imponer una decisión mañana puede encontrarse pidiendo tiempo, discusión y espacio para ser escuchado.
Por eso las reglas no deberían construirse pensando en quién tiene hoy la mayoría, sino en que mañana deberán servir exactamente igual cuando los lugares se hayan invertido. Una buena regla no es la que me permite imponerme cuando tengo los votos, sino la que estoy dispuesto a respetar también cuando no los tengo.
Quizá ésa sea la lección de esta semana: no está mal reclamar que una minoría sea escuchada; lo que está mal es acordarse de ese derecho únicamente cuando uno forma parte de ella.
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