• 27 octubre, 2026 06:11

Vox y análisis: El poder de dividir y el gremio de prestarse * 271026

El poder de dividir y el gremio de prestarse.

Apuntes de Rolando Morales ✒️ 27 de octubre de 2026

En San Luis Potosí, criticar al poder se ha convertido en una especie de examen de lealtad: si cuestionas al Ayuntamiento, eres Gallardista; si señalas al Gobierno del Estado, eres Galindista y, si te atreves a criticar a ambos, seguramente estás escondiendo alguna agenda, porque en esta bendita polarización parece imposible ejercer el periodismo sin que alguien pretenda asignarte una camiseta. La discusión pública se ha reducido a una disputa de colores en la que importa menos lo que se publica que a quién beneficia. Mientras tanto, el poder sonríe: nada resulta más conveniente que un gremio ocupado en despedazarse entre sí.

Tras recientes hechos que me reservo mencionar, resulta evidente que el problema es que los mecanismos de poder no necesitan comprar a todos los periodistas cuando pueden conseguir que algunos se conviertan en vigilantes de la lealtad ajena. Basta con alimentar la sospecha, premiar las simpatías y convertir cualquier crítica en una declaración de guerra. Nos disputamos quién es más independiente mientras dejamos intactas las condiciones que hacen cada vez más precario nuestro trabajo.

En ese escenario, ciertos portales afines al Gallardismo (principalmente) parecen haber encontrado una fórmula editorial bastante económica: robar notas, desacreditar investigaciones ajenas y lanzar acusaciones sin molestarse demasiado en comprobarlas. Hay trabajos periodísticos que requieren días de búsqueda documental, entrevistas, contraste de versiones y revisión de datos; para algunos basta con apropiarse del resultado y cambiarle el envoltorio.

El plagio deja de ser una falta profesional para convertirse en herramienta de disputa. Y cuando se trata de asuntos delicados, el problema no es solamente el desprecio por el trabajo ajeno, sino el riesgo de distorsionar información que tiene consecuencias públicas.

Conviene aclarar algo que parece haberse perdido entre tanto aspaviento: criticar al poder no es lo mismo que preguntarle con altanería para incomodarlo. Una pregunta incómoda puede ser indispensable; una pregunta malintencionada, sin sustento o formulada únicamente para provocar una reacción no se vuelve periodismo por llevar un micrófono enfrente. La crítica exige información, contexto, documentos y argumentos. Lo demás es escenografía para las redes.

Si investigar parece una alergia profesional, siempre queda el recurso de levantar la voz, insinuar culpabilidades y presumir una valentía que se desmorona cuando alguien solicita pruebas. La estridencia no sustituye al rigor, aunque produzca mejores pleitos para alimentar la audiencia.

También hay un desprecio cada vez más evidente por los géneros periodísticos. Se disfrazan opiniones de noticias, se presentan descalificaciones como información y se omite el contexto que permitiría al lector distinguir entre un hecho comprobado y la interpretación de quien escribe.

A ello se suma el anonimato de supuestas notas que, en ocasiones, exhiben un uso excesivo y grosero de inteligencia artificial tanto en sus imágenes como en sus textos.

La herramienta no es el problema: lo es utilizarla para fabricar contenidos sin verificación, ocultar responsabilidades editoriales y simular un trabajo que nunca se hizo.

Peor todavía, compañeros que desde sus propias trincheras intentan ampliar la discusión sobre la libertad de expresión terminan convertidos en blancos de campañas de desprestigio, no necesariamente por la calidad de sus argumentos, sino por la “cercanía” inventada que alguien les atribuye con determinado actor político.

En esta lógica, cuestionar una agresión significa justificar otra; denunciar una irregularidad equivale a militar en el bando contrario. Así se descalifica al mensajero para evitar discutir el mensaje. La independencia, entonces, deja de medirse por la consistencia del trabajo y pasa a evaluarse mediante un detector imaginario de simpatías políticas.

La llamada democratización de las ideas tampoco significa que toda ocurrencia merezca convertirse en información ni que cualquier persona tenga derecho automático a un micrófono profesional.

Todas las personas tienen voz; el periodismo no consiste en concedérsela, sino en escuchar, investigar, contrastar y poner los hechos en contexto.

Confundir libertad de expresión con impunidad para difamar o apropiarse del trabajo ajeno termina por matar el debate y convertirlo en un ring político donde gana quien golpea más bajo.

Al final, la pregunta no es quién le sirve a Galindo o quién le aplaude a Gallardo. La pregunta es cuánto más vamos a permitir que los intereses de ambos poderes, y de quienes buscan congraciarse con ellos, dicten nuestras relaciones profesionales.

Porque mientras el gremio se entretiene repartiendo etiquetas, el poder conserva sus privilegios y los periodistas seguimos trabajando, muchas veces, sin las garantías que deberíamos exigir juntos.

Un gremio dividido es más fácil de desacreditar, más difícil de organizar y mucho menos capaz de incomodar al poder.

Quizá esa sea la única nota que algunos nunca se atreverían a publicar sobre sí mismos.

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