El agua, los detenidos y el silencio selectivo.
Apuntes de Rolando Morales ✒️ 30 de junio de 2026
Hay detenciones que estremecen la conversación pública y hay detenciones que apenas provocan un bostezo institucional.
Todo depende de quién gobierne, quién sea el detenido y, sobre todo, quién controle el aparato de comunicación que decide qué merece indignación y qué merece olvido.
Hace días, la detención de la activista Celia García en la capital generó posicionamientos inmediatos de actores políticos, opinólogos profesionales y defensores de ocasión de las libertades públicas.
Se abrieron debates sobre el uso de la fuerza, los protocolos policiales y el respeto a los derechos humanos. Se exigieron explicaciones. Se pidieron investigaciones. La conversación fue amplia, intensa y necesaria.
Ahora comparemos.
En Soledad de Graciano Sánchez, vecinos que exigían agua fueron detenidos durante una manifestación. Entre ellos, adultos mayores, ciudadanos que llevaban meses padeciendo el desabasto y hasta una regidora de oposición.
Circularon videos. Hubo testimonios de golpes. Se denunció la participación de policías con el rostro cubierto. Se habló de personas incomunicadas. Incluso apareció la imagen de un hombre con el rostro ensangrentado dentro de una patrulla.
Sin embargo, el escándalo nunca llegó. La diferencia no está en la gravedad de los hechos. La diferencia está en el domicilio político de los involucrados.
Porque cuando una controversia toca al círculo de poder estatal, algo curioso sucede: los micrófonos que normalmente amplifican la indignación se apagan de golpe.
Los defensores permanentes de las causas justas descubren súbitamente la prudencia. Los organismos que deberían actuar como contrapesos se vuelven observadores pasivos. Y los medios que diariamente construyen narrativas oficiales encuentran asuntos más urgentes de qué hablar.
El caso de la Comisión Estatal de Derechos Humanos merece un capítulo aparte. Desde hace años la institución parece atrapada en una contradicción permanente: existe para vigilar al poder, pero actúa como si tuviera miedo de incomodarlo.
Los testimonios señalan que hubo presencia de personal de la CEDH durante los hechos. Sin embargo, el estruendo de su silencio terminó siendo más evidente que cualquier posicionamiento.
La explicación oficial tampoco ayuda demasiado. Según el Ayuntamiento de Soledad, los manifestantes actuaban “sin justificación alguna” porque el servicio de agua ya había sido restablecido.
Curiosa forma de resolver un conflicto: si el problema supuestamente ya estaba solucionado, ¿por qué decenas de vecinos seguían bajo el sol bloqueando una avenida? ¿Por entretenimiento? ¿Por deporte extremo?
La narrativa oficial tiene además un ingrediente que se ha vuelto clásico en la política contemporánea: la deslegitimación automática del inconforme: No son vecinos; son agitadores. No son afectados; son infiltrados. No protestan por un derecho; tienen intereses políticos. No exigen agua; buscan generar anarquía.
Es una receta tan repetida que ya parece formato prediseñado. Y hablando de formatos, vale la pena observar lo que ocurrió después.
Como activado por un interruptor invisible, comenzó a operar la maquinaria de comunicación Gallardista. La misma que suele despertar cuando algo incomoda al poder o cuando aparece un adversario político al que hay que desacreditar.
De pronto surgieron notas idénticas. Mismos encabezados. Misma estructura. Mismos adjetivos. Mismos argumentos. Mismos culpables. Un ejército de supuestos medios publicando prácticamente el mismo boletín con ligeras variaciones cosméticas para aparentar independencia editorial.
La estrategia fue evidente: transformar una protesta por la falta de agua en una conspiración política. Convertir a ciudadanos inconformes en operadores. Sustituir la discusión sobre un derecho humano por una batalla propagandística.
Porque el tema nunca debió ser si había una regidora de MORENA en la manifestación.
El tema es que había vecinos reclamando agua. Y en cualquier democracia funcional, la pregunta central después de observar detenciones, golpes y señalamientos de abuso policial debería ser sencilla: ¿fue proporcional la actuación de la autoridad?
Pero para responder eso primero se necesita algo que en San Luis Potosí parece cada vez más escaso. No agua. Sino voluntad de cuestionar al poder cuando el poder es amigo.
Contrapeso noticias… Forjando opinión con una nueva generación de columnistas.

