Cuando el miedo llega en patrulla…
Apuntes de Rolando Morales ✒️ / 23 de junio de 2026
La detención de la activista y defensora de derechos humanos Celia García Valdivieso terminó convirtiéndose en uno de esos episodios que exhiben una realidad incómoda para el Ayuntamiento capitalino: la confianza en la Policía Municipal sigue siendo una asignatura pendiente.
El alcalde Enrique Galindo ofreció una disculpa pública. Reconoció que lo ocurrido fue un “lamentable malentendido”, aseguró que el objetivo original de la intervención era otro joven y prometió revisar los procedimientos.
Hasta ahí, la reacción institucional fue de “manual”. El problema es que la disculpa no borra la escena que millones de personas vieron circular en redes sociales ni responde la pregunta de fondo: ¿por qué una ciudadana que cuestiona una actuación policial termina detenida?
También hay que decirlo con claridad.
El caso alcanzó dimensiones nacionales porque la persona detenida fue Celia García Valdivieso, una activista conocida, defensora de derechos humanos con presencia pública y redes de respaldo. El video se viralizó, las organizaciones reaccionaron, los medios retomaron el tema y el gobierno municipal tuvo que responder rápidamente.
Pero vale la pena preguntarse ¿Qué habría ocurrido si en lugar de Celia hubiera sido cualquier otro ciudadano sin reflectores?
Probablemente el episodio habría terminado como cientos de incidentes cotidianos que nunca trascienden una barandilla, una queja administrativa o una publicación perdida en Facebook. Y es justamente ahí donde aparece el verdadero problema.
Según la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU), la Policía Municipal de San Luis Potosí es la corporación de seguridad que genera menos confianza entre los habitantes de la capital.
Apenas 58.1 por ciento de los ciudadanos dijo tener mucha o algo de confianza en ella. Más preocupante aún es que solamente el 49.2 por ciento considera efectivo su desempeño.
Los números no son una percepción aislada. Son un síntoma.
Mientras el secretario de Seguridad, Juan Antonio Villa Gutiérrez, sostiene que no existe un miedo generalizado hacia la corporación, los hechos parecen contar una historia distinta.
Porque más allá de discursos, estadísticas o conferencias de prensa, hay una escena que resume perfectamente el problema: un joven que se encontraba saliendo de un retiro espiritual y que, según los testimonios, reaccionó con evidente temor cuando fue interceptado por policías municipales.
La versión oficial señala que intentó correr, que lanzó una mochila y que esa conducta generó sospechas. La explicación parece lógica desde la óptica policial. Sin embargo, también existe otra lectura igual de válida: los jóvenes muchas veces reaccionan con miedo cuando se enfrentan a una autoridad en la que no confían.
Y ese miedo no surge de la nada. Durante años se han acumulado denuncias ciudadanas sobre revisiones basadas más en la apariencia que en conductas concretas.
Jóvenes detenidos para inspecciones por portar una mochila, una mariconera o simplemente por encontrarse en determinadas zonas de la ciudad, son historias que se repiten una y otra vez y que han ido construyendo una percepción negativa de la corporación municipal y de la propia Guardia Civil del Estado.
Por eso la discusión ya no debería centrarse únicamente en si Celia García fue detenida legal o ilegalmente. Tampoco en si existió o no una intención deliberada de criminalizar su labor como defensora.
La pregunta importante es otra: ¿por qué una activista sintió la necesidad de intervenir para proteger a un joven y por qué ese joven reaccionó con miedo ante la presencia policial?
Porque cuando una corporación inspira confianza, los ciudadanos colaboran. Cuando inspira temor, se defienden.
La disculpa de Galindo fue necesaria. La revisión de protocolos también. Pero ninguna de las dos cosas resolverá el problema mientras la Policía Municipal siga ocupando el último lugar de confianza entre las fuerzas de seguridad que operan en la ciudad.
Al final, el caso Celia no se volvió escándalo por la mochila. Ni por la Biblia. Ni por el rosario que encontraron después. Se volvió escándalo porque puso frente al espejo una pregunta que el gobierno municipal lleva años intentando esquivar: si la policía está haciendo bien su trabajo, ¿por qué tantos ciudadanos siguen viéndola llegar con miedo?
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