Puerta de Piedra: cuando un bosque le ganó la partida a una subasta.
Apuntes de Rolando Morales ✒️ 18 de agosto de 2026
Hay veces que la ciudadanía descubre que también puede jugar con las mismas reglas del poder: organizarse, documentar, recurrir a los tribunales y, sobre todo, no quitarse de encima cuando ya le pusieron precio a lo que considera suyo.
Puerta de Piedra es uno de esos casos. Un terreno que para el Ayuntamiento cabía perfectamente en un inventario de 18 inmuebles terminó convertido en algo bastante más incómodo: un bosque, una comunidad organizada y tres amparos capaces de ponerle freno a una subasta.
La ironía es que el Ayuntamiento llegó con una calculadora y los vecinos con palas. Mientras la administración veía una oportunidad para convertir terrenos en cientos de millones de pesos para obra pública, los habitantes de la zona habían convertido desde 2024 un baldío lleno de escombro y basura en un espacio verde.
No lo hicieron con un programa, una licitación, un presupuesto extraordinario ni una inauguración con tijeras. Lo hicieron limpiando, plantando y cooperando. Así de poco sofisticada puede ser, a veces, la política pública cuando la hace la gente.
Y aquí aparece lo verdaderamente importante: los árboles no votan, pero sí prestan servicios. El método Miyawaki permitió crear un ecosistema denso con especies adaptadas al clima potosino. Huizaches, mezquites, palo verde, nogal mexicano y otras especies fueron echando raíces donde antes había un terreno abandonado. Con ello llegaron también las aves: gavilanes, cernícalos, cardenales, colibríes, cotorras y otras especies que encontraron en ese pequeño bosque algo que la ciudad cada vez ofrece con mayor dificultad: refugio.
No es un asunto romántico de vecinos que quieren conservar unos cuantos arbolitos porque se ven bonitos. Las áreas verdes reducen temperatura, ayudan a limpiar el aire, amortiguan ruido, permiten infiltrar agua y contribuyen a la recarga de los acuíferos.
En una ciudad que vive con la soga del agua al cuello, destruir superficies capaces de infiltrar lluvia para convertirlas en concreto debería ser, cuando menos, una discusión seria. El problema es que durante demasiado tiempo la palabra “desarrollo” ha servido como comodín para justificar casi cualquier cosa.
Lo más interesante de Puerta de Piedra, sin embargo, no está solamente debajo de los árboles. Está alrededor de ellos. La resistencia no nació como una estructura política importada ni como una campaña diseñada en una oficina. Se construyó con cooperación vecinal, trabajo directo, actividades comunitarias, especialistas y una idea bastante sencilla: si nadie se ocupa del espacio, alguien tendrá que hacerlo y, cuando finalmente ese espacio fue puesto a la venta, los mismos que lo habían recuperado decidieron defenderlo.
Ahí es donde la narrativa oficial comenzó a hacer agua.
El alcalde Enrique Galindo ha defendido la legalidad de la desincorporación y llegó a poner en duda la movilización, al sugerir que no creía en ella y que podía haber intereses externos detrás.
Más recientemente, aseguró que el predio permanece abandonado y que incluso el Ayuntamiento no puede entrar a darle mantenimiento. El colectivo respondió que precisamente las suspensiones judiciales limitaron sus intervenciones físicas y que el terreno sigue siendo utilizado para actividades deportivas, ecológicas y culturales.
Y ahí está quizá la lección política más incómoda: cuando una autoridad descalifica primero y escucha después, corre el riesgo de que la realidad le conteste con evidencia.
Porque llamar “abandonado” a un sitio donde los vecinos documentan aves, realizan actividades, mantienen árboles y han sostenido durante años un proceso comunitario puede ser una buena frase para una declaración, pero no necesariamente una buena descripción de lo que ocurre en el terreno.
Más todavía cuando el propio proceso de subasta terminó dejando a Puerta de Piedra como la excepción. De los 18 inmuebles aprobados para venta, 13 fueron colocados y los otros cinco quedaron pendientes; la propia Comisión de Hacienda reconoce que una eventual segunda etapa tendría que considerar, entre otras cosas, evitar nuevos amparos y alcanzar acuerdos con los vecinos. Es decir, después de todo, aquello que parecía un simple trámite inmobiliario terminó necesitando algo mucho más complicado: convencer a la gente.
Puerta de Piedra no ha ganado todavía el juicio de fondo y sería irresponsable cantar victoria antes de tiempo. Pero sí ganó algo que en política suele ser más difícil: obligar al poder a detenerse.
La subasta siguió su camino con millones de pesos de por medio, pero este terreno no. Los árboles siguen creciendo, las aves siguen llegando y la comunidad sigue organizada.
Quizá por eso el caso importa más allá de esas hectáreas. Porque demuestra que la resistencia ciudadana no siempre necesita grandes discursos. A veces empieza recogiendo basura. Luego planta un árbol. Después organiza una jornada. Más tarde presenta un amparo. Y, cuando se da cuenta, ya tiene algo que las autoridades no calcularon en el avalúo: comunidad.
En Puerta de Piedra, el Ayuntamiento quiso vender un terreno. Los vecinos terminaron demostrando que habían construido un lugar. Y entre una cosa y otra hay una diferencia enorme: un predio puede tener precio; un espacio que la gente siente suyo, tiene resistencia. Y esa, hasta ahora, no ha salido a subasta.
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