Veinte años de Gallardía… y de silencio institucional.
Apuntes de Rolando Morales ✒️ 14 de julio de 2026
Lo que ocurrió en el Teatro del Pueblo de la Fenapo no fue una celebración partidista. Tampoco fue un acto de memoria política. Mucho menos una conmemoración histórica. Lo que San Luis Potosí presenció fue la escenificación pública de un cacicazgo que ya no siente la necesidad de disimular.
La llamada celebración por los 20 años de la Gallardía tuvo todos los elementos de una campaña electoral adelantada, excepto uno: la sanción de las autoridades encargadas de vigilar que eso no ocurra.
Y, mientras miles de personas eran movilizadas desde distintos municipios, mientras funcionarios, trabajadores gubernamentales, beneficiarios de programas sociales y estructuras territoriales llenaban el recinto y mientras en el escenario se proyectaba una narrativa familiar sobre la conquista del poder político en San Luis Potosí, el mensaje era claro: la sucesión de 2027 ya comenzó.
No se celebraban veinte años de un movimiento social. Se celebraban veinte años de una familia en la política. Por eso resulta particularmente llamativa la reacción del alcalde Enrique Galindo Ceballos. “No hay nada que celebrar”, dijo. Y, por una vez, es difícil encontrar una mejor descripción del evento. Porque, en efecto, ¿qué era exactamente lo que se festejaba?
Si se revisa la historia, la efeméride resulta tan forzada que ni siquiera existe claridad sobre el momento exacto que se pretende conmemorar. Sin embargo, eso terminó siendo lo de menos. El aniversario fue apenas el pretexto para desplegar músculo político y comenzar a posicionar públicamente a quienes buscarán mantener el control del gobierno estatal después de 2027.
La escena fue reveladora. Un dirigente partidista reivindicando la identidad “Gallardista”. Un fundador llamando a sumar familiares, compadres y amigos para impedir el regreso de sus adversarios. Un gobernador hablando de la continuidad del proyecto. Y una senadora que recibió gritos de “gobernadora, gobernadora” mientras prometía dar continuidad a la obra política de su familia.
Si eso no es propaganda anticipada, entonces el concepto ha perdido todo significado. Galindo lo dijo abiertamente: considera que se trató de un acto anticipado de campaña.
La afirmación es relevante no porque provenga de un adversario político, sino porque describe algo evidente para cualquier observador imparcial.
El problema es que en San Luis Potosí la evidencia suele ser insuficiente cuando se trata del grupo político que controla el poder.
Ahí es donde aparece el verdadero protagonista de esta historia: el silencio. Porque mientras el evento era transmitido, documentado y difundido masivamente, nadie escuchó una sola advertencia del Consejo Estatal Electoral y de Participación Ciudadana.
Nadie escuchó una posición firme sobre los límites entre gobierno, partido y promoción personalizada. Nadie escuchó preocupación alguna por el uso de instalaciones públicas para actividades de evidente contenido político.
El CEEPAC parece haber adoptado una peligrosa filosofía institucional: observar sin intervenir. Y cuando los árbitros deciden convertirse en espectadores, la cancha deja de ser pareja.
Lo preocupante no es solamente que un grupo político celebre dos décadas de existencia. Lo preocupante es que la celebración haya exhibido, sin pudor alguno, la concentración de poder que ha caracterizado a la política potosina durante años. Una estructura que comenzó en Soledad, conquistó la capital, alcanzó la gubernatura y ahora trabaja abiertamente para heredarla.
La Gallardía ya no se presenta como un partido. Se presenta como un proyecto familiar de largo plazo. Por eso la pregunta no debería ser si hubo acarreados, si cabían 35 mil o 50 mil personas, o si el aniversario correspondía realmente a una fecha histórica.
La pregunta es otra: ¿qué tan normal se ha vuelto en San Luis Potosí que una fuerza política utilice el aparato gubernamental, los programas sociales, la estructura territorial y la promoción pública para preparar una sucesión anticipada?
La respuesta quedó expuesta en la Fenapo y en Ciudad Valles. Tan expuesta como la pasividad de las autoridades electorales.
Y cuando un cacicazgo ya no siente la necesidad de esconderse, el problema no es únicamente el cacicazgo. El problema es que quienes deberían ponerle límites parecen haber renunciado a hacerlo.
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