• 7 julio, 2026 05:09

El Saucito: la obsesión de concreto.

Apuntes de Rolando Morales ✒️ 7 de julio de 2026

Hay lugares que se explican con planos, aforos vehiculares y estudios de ingeniería.

El Saucito no es uno de ellos. Quizá ahí radica el fracaso recurrente de quienes, desde el poder, han intentado imponer un paso a desnivel en el corazón de una de las comunidades con mayor arraigo de San Luis Potosí.

Durante años, alcaldes, funcionarios, despachos técnicos y constructores han observado el problema desde el parabrisas de un automóvil. Los habitantes del barrio, en cambio, lo han visto desde la puerta de sus casas, desde la plaza, desde el atrio del templo y desde una identidad colectiva que no cabe en ningún proyecto ejecutivo.

Lo que distintos gobiernos no han querido entender es que la resistencia del Saucito nunca ha sido únicamente contra una obra. Es una defensa de algo mucho más profundo: su memoria, sus tradiciones religiosas, su tejido social y una forma de habitar la ciudad que se niega a desaparecer bajo toneladas de concreto.

Cuando en 2018 los vecinos marcharon acompañados de danzantes, banda y consignas en defensa del Señor de Burgos, estaban enviando un mensaje que sigue vigente ocho años después: no todo puede medirse en minutos ahorrados al volante.

Sin embargo, la lógica dominante sigue siendo exactamente la misma. La ciudad del siglo XXI enfrenta desafíos relacionados con movilidad sustentable, recuperación del espacio público, transporte colectivo eficiente, accesibilidad universal y protección del patrimonio histórico.

Mientras muchas urbes del mundo buscan reducir la dependencia del automóvil, en San Luis Potosí se insiste en una solución concebida bajo una visión urbana que parece detenida varias décadas atrás.

El paso a desnivel de El Saucito representa la vieja receta: más infraestructura para los coches con la esperanza de resolver problemas que son mucho más complejos.

La paradoja es evidente. Se plantea una intervención multimillonaria en una zona cargada de simbolismo comunitario para favorecer el flujo vehicular de paso. Es decir, se le pide a un barrio histórico que modifique su esencia para que otros crucen más rápido.

Como si la historia no estuviera ya suficientemente cargada de conflictos, el proyecto vive hoy un nuevo capítulo.

Desde marzo, el Ayuntamiento mantiene una disputa abierta con la Contraloría General del Estado por la liberación de las bases de licitación del paso a desnivel.

Enrique Galindo sostiene que la dependencia estatal ha retrasado injustificadamente el procedimiento, ha guardado silencio durante semanas e incluso ha obligado a reiniciar trámites que, según el municipio, ya habían sido solventados. La administración capitalina afirma que la obra está técnicamente lista y que la burocracia estatal mantiene congelado un proyecto considerado prioritario.

Pero la historia reciente demuestra que el debate dejó de ser exclusivamente técnico desde hace mucho tiempo. Las irregularidades denunciadas en administraciones pasadas, los recursos pagados sin que existiera obra ejecutada, los litigios judiciales, las suspensiones y los cuestionamientos sobre costos terminaron convirtiendo al proyecto en un símbolo político.

El puente ya no es solamente un puente. Es una bandera. Y las banderas cobran especial importancia cuando se acercan los procesos electorales.

Resulta imposible ignorar que la elección de 2027 comienza a proyectar su sombra sobre cada decisión relevante del gobierno municipal y estatal.

En ese contexto, El Saucito parece haberse transformado en una pieza estratégica dentro de una narrativa política que busca exhibir capacidad de gestión, determinación y obra pública de gran escala. La insistencia ya no parece responder únicamente a criterios de movilidad. También responde a la necesidad de mostrar un proyecto emblemático que pueda ser presentado como evidencia de liderazgo.

Por eso la pregunta ya no es si la obra puede construirse. La pregunta es por qué debe construirse a toda costa.

Porque cuando una administración insiste durante años en un proyecto rechazado por amplios sectores de la comunidad, detenido por resoluciones judiciales y rodeado por controversias presupuestales, la discusión inevitablemente deja de ser urbana para convertirse en política. Y mientras más se acerca el calendario electoral, más difícil resulta separar una cosa de la otra.

Tal vez Enrique Galindo está convencido de que concluir el paso a desnivel sería la demostración definitiva de autoridad que necesita rumbo a 2027.

Pero existe la posibilidad de que la historia termine registrando algo distinto: que el verdadero legado de El Saucito no sea un túnel para automóviles, sino la persistencia de una comunidad que, una vez más, se negó a que otros decidieran por ella lo qué significa el progreso.

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