El dicharachero: Dichos para estos tiempos.
“Ni que fueran enchiladas…”
Reflexiones de Daniel Gutiérrez / 22 de mayo de 2026
La expresión de esta semana, es una que utilizamos cuando alguien pretende hacer algo demasiado rápido o como si se tratara de un asunto sencillo, pero, hay cosas que requieren tiempo, cuidado y seriedad.
Y viendo lo ocurrido esta semana en San Lázaro con la nueva reforma electoral, pareciera que justamente eso fue lo que se les olvidó a muchos legisladores: que las reglas democráticas de un país no son enchiladas.
Porque una reforma electoral no es cualquier modificación legal. Hablamos de las reglas bajo las cuales se compite por el poder político, de las instituciones que organizan elecciones y de la confianza que la ciudadanía deposita en ellas.
Y, sin embargo, en México pareciera que cada cierto tiempo se vuelven a manosear las reglas electorales con una facilidad preocupante.
El problema de hacer reformas “como si fueran enchiladas” no es únicamente la velocidad con la que se aprueban, sino la ligereza con la que se modifican instituciones que deberían generar estabilidad y certeza.
Porque las autoridades electorales no funcionan solamente por lo que diga la ley. Funcionan porque la ciudadanía cree en ellas y porque incluso quienes pierden aceptan que existieron condiciones mínimas de imparcialidad.
Y ahí aparece una contradicción bastante curiosa.
Aun con todos los problemas que enfrenta actualmente el gobierno, la oposición sigue sin ocupar un lugar particularmente sólido frente al oficialismo. Pero en vez de fortalecer la legitimidad del árbitro electoral —que eventualmente podría validar un nuevo triunfo oficialista— pareciera que desde el propio poder se insiste en restarle credibilidad.
Y eso políticamente puede terminar siendo un error enorme.
Porque en política, debilitar al árbitro puede parecer conveniente… hasta el día en que necesitas que levante tu mano como ganador.
Pero, además, la reforma deja otro tema todavía más delicado.
La incorporación de conceptos relacionados con “intromisiones extranjeras” puede sonar razonable en el discurso político. El problema aparece cuando esos conceptos quedan suficientemente ambiguos como para permitir interpretaciones prácticamente ilimitadas.
Porque entonces, más que blindar la elección, se corre el riesgo de construir una herramienta política extremadamente conveniente.
Y en un país tan polarizado como México, eso puede volverse peligrosísimo.
Porque bajo criterios demasiado amplios, prácticamente cualquier proceso electoral incómodo podría terminar siendo cuestionado bajo el argumento de una supuesta intervención extranjera. Y en vez de cerrar espacios de incertidumbre, la reforma podría abrir nuevas rutas para impugnar resultados según la conveniencia política del momento.
Ahí es donde uno entiende por qué las reformas electorales deberían construirse con mucho más cuidado y mucho menos prisa.
Porque las reglas democráticas de un país no deberían modificarse, como si fueran enchiladas.
Mucho menos cuando lo que está en juego no es solamente una elección, sino la confianza pública en todo el sistema electoral.
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