La otra cara del Foro de las Estrellas…
Reflexiones del periodista Samuel Moreno ✒️ / 28 de mayo de 2026
Hay tradiciones que, para bien o para mal, forman parte de la identidad colectiva de San Luis Potosí. La Feria Nacional Potosina es una de ellas.
Para miles de familias potosinas, agosto representa noches de juegos mecánicos, antojitos, conciertos, pabellones y largas caminatas bajo las luces del recinto ferial. Para muchos de nosotros, crecer significó también esperar con emoción la cartelera del entonces Teatro del Pueblo, hoy rebautizado como “Foro de las Estrellas”.
Y sí, hay que decirlo: la presentación de artistas para la FENAPO 2026 volvió a sacudir las redes sociales y las conversaciones cotidianas. La inclusión de Katy Perry como uno de los espectáculos principales convirtió el anuncio en tendencia inmediata.
No es cualquier nombre; se trata de una artista internacional que ha encabezado escenarios mundiales y hasta un espectáculo de medio tiempo del Super Bowl.
Desde el entusiasmo ciudadano, el anuncio emociona. Negarlo sería absurdo.
Pero detrás de las luces, la pirotecnia y los aplausos, existe una pregunta que cada año vuelve a aparecer y que cada año sigue sin respuesta: ¿cuánto nos cuesta realmente esta cartelera a las y los potosinos?
Porque, aunque el discurso oficial insista en que los conciertos son “gratuitos”, la realidad es otra. Nada de eso es gratis.
Cada artista, desde los regionales hasta las estrellas internacionales, representa millones de pesos provenientes del recurso público. Dinero que sale, directa o indirectamente, del bolsillo ciudadano mediante impuestos, contribuciones y presupuesto estatal. Y aquí es donde el problema deja de ser artístico para convertirse en un asunto de transparencia.
Desde la llegada del gobernador Ricardo Gallardo Cardona en 2021, reporteros y medios de comunicación han cuestionado reiteradamente el costo real de las carteleras de la FENAPO.
No se trata de un capricho periodístico ni de una intención de golpeteo político, como muchas veces se quiere hacer creer. Se trata simplemente de una obligación básica de cualquier gobierno democrático: rendir cuentas.
Sin embargo, las respuestas casi siempre son evasivas. En entrevistas improvisadas —las famosas “banqueteras”— predominan las molestias, los rodeos y, en ocasiones, hasta el desdén hacia quienes preguntan.
Pero el asunto va mucho más allá de una declaración incómoda frente a cámaras.
Durante años también se han realizado solicitudes formales de transparencia para conocer contratos, montos y costos de artistas. Solicitudes hechas por los canales institucionales, bajo los mecanismos legales que existen precisamente para eso: transparentar el ejercicio público.
Aun así, las respuestas suelen perderse entre argumentos ambiguos, justificaciones sociales y explicaciones generales sobre el impacto turístico o recreativo de la feria. Pero nunca llegan las cifras claras.
Y ojo, tampoco se trata de satanizar el entretenimiento.
Las ferias cumplen una función social importante. Generan convivencia, activan la economía local, atraen turismo y permiten que muchas familias accedan a espectáculos que difícilmente podrían pagar en otros contextos.
Sería injusto ignorar el impacto cultural y económico que tiene la FENAPO para San Luis Potosí.
El verdadero debate no está en si debe existir o no una feria. El debate está en por qué un gobierno que presume cercanía con la gente se resiste tanto a transparentar cuánto cuesta mantener ese espectáculo.
Porque cuando no hay claridad en el gasto público, inevitablemente nace la sospecha.
Y en un estado donde persisten problemas serios en materia de seguridad, salud, infraestructura y desarrollo social, la ciudadanía tiene derecho a cuestionar prioridades.
¿Cuánto cuesta traer a una estrella internacional? ¿Cuánto se paga por producción, logística y representación? ¿Cuánto dinero público se destina realmente a la cartelera? Y, sobre todo, ¿ese gasto está plenamente justificado frente a otras necesidades urgentes del estado?
La transparencia no debería incomodar a ningún gobierno.
Al contrario, tendría que fortalecer su credibilidad.
Al final, quizá el problema no sea cuánto cuesta la fiesta, sino el silencio que la rodea.
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