Cuando la grilla fina y el desgaste grueso
se vuelven prioridad…
Reflexiones del periodista Samuel Moreno ✒️ / 21 de mayo de 2026
En la política mexicana las confrontaciones entre actores de distintos colores partidistas son parte del espectáculo cotidiano.
Los señalamientos, descalificaciones y disputas mediáticas suelen utilizarse como herramientas para posicionarse frente a la opinión pública, especialmente cuando comienzan a acercarse tiempos electorales.
Lo preocupante es cuando esas diferencias dejan de ser parte del debate democrático y se convierten en una constante guerra de egos que termina afectando directamente a la ciudadanía.
Exactamente lo que hoy ocurre entre el gobernador de Ricardo Gallardo Cardona y el alcalde capitalino Enrique Galindo Ceballos.
Ambos personajes han llevado su confrontación a niveles verdaderamente desgastantes.
Mientras en el discurso institucional intentan aparentar coordinación y madurez política, en la práctica mantienen una disputa permanente donde cualquier tema se convierte en motivo de choque.
Lo más grave es que ya no se trata únicamente de diferencias administrativas o visiones distintas de gobierno, sino de una competencia obsesiva por imponer narrativas, ganar reflectores y medir fuerzas rumbo al 2027.
El problema es que San Luis Potosí atraviesa momentos demasiado delicados como para tener autoridades atrapadas en pleitos interminables.
La crisis del agua continúa golpeando a miles de familias en la zona metropolitana, la inseguridad mantiene encendidas las alarmas no solo en la capital sino también en las cuatro regiones del estado, mientras que la movilidad y la infraestructura urbana siguen evidenciando rezagos históricos que afectan diariamente la calidad de vida de la población.
Son problemas que requieren coordinación absoluta entre el gobierno estatal y el ayuntamiento, pero pareciera que la prioridad está en repartirse culpas y aventarse “la pelotita” política antes que construir soluciones.
El caso más reciente sobre la Plaza de los Fundadores refleja perfectamente el nivel de desgaste al que ha llegado esta confrontación.
Resulta difícil creer que un espacio público se convierta en tema de disputa política mientras la ciudadanía enfrenta problemas mucho más urgentes.
El gobernador insiste en justificar supuestas condiciones de inestabilidad en la plaza, aunque en el fondo todo parece responder más a una disputa de protagonismo por las actividades relacionadas con el Mundial de Futbol 2026, donde el alcalde terminó adelantándose políticamente.
El episodio deja más la impresión de un berrinche político que de una verdadera preocupación institucional.
Y así han transcurrido prácticamente cinco años de relación entre ambos gobiernos, marcados más por las tensiones que por la colaboración.
Lo verdaderamente absurdo es que mientras ambos grupos políticos parecen obsesionados con la sucesión del 2027, la ciudadanía comienza a mostrar señales claras de hartazgo.
Por un lado, Enrique Galindo construye una narrativa con aspiraciones rumbo a la gubernatura; por el otro, el grupo Gallardista mantiene viva la intención de dar continuidad al proyecto político mediante la figura de la senadora Ruth González Silva.
Sin embargo, ambos parecen ignorar algo fundamental: la gente cada vez está más cansada de los mismos rostros, de las mismas confrontaciones y de las mismas promesas recicladas.
La clase política potosina corre el riesgo de seguir viviendo dentro de su propia burbuja, convencida de que las campañas de imagen, los slogans y las disputas mediáticas bastarán para sostener proyectos políticos rumbo al futuro.
Pero afuera de esa burbuja existe una ciudadanía mucho más consciente, más crítica y menos tolerante con los excesos del poder.
Y quizá ahí radique el verdadero mensaje que no han querido escuchar ni en Palacio de Gobierno ni en la Unidad Administrativa Municipal.
La paciencia social tiene límites y el hartazgo ciudadano puede terminar convirtiéndose en el principal adversario de ambos grupos políticos.

