• 8 octubre, 2026 06:38

Que no mueran las promesas.

Reflexiones de Samuel Moreno ✒️ 8 de octubre de 2026

Cada vez estamos más cerca del 2 de noviembre, una fecha en la que los mexicanos hacemos algo que quizá ningún otro pueblo entiende de la misma manera: volver a encontrarnos con quienes ya no están. Ponemos flores, encendemos veladoras, preparamos comida y recordamos las promesas, los sueños y hasta aquellas cosas que alguna vez dijimos que haríamos juntos. Para muchos es un momento especial, mágico y, sobre todo, arropante.

Pero también existe la otra cara de esta celebración, la de aquellos difuntos que poco a poco se convierten en los olvidados, a quienes un día se les llevó una flor y después nadie volvió a visitar. Y mientras pienso en eso, no puedo evitar recordar algunos proyectos públicos que también parecen caminar peligrosamente hacia el olvido.

Uno de ellos es el Parque Tangamanga III, aquel proyecto anunciado por el Gobierno del Estado para Soledad de Graciano Sánchez como parte de los proyectos clave para este 2026. El 2 de enero se colocaba entre los planes importantes del año y, meses después, el proyecto seguía sin arrancar. El viernes 15 de mayo, la entonces titular de la Secretaría de Desarrollo Urbano, Vivienda y Obras Públicas (SEDUVOP), Leticia Vargas Tinajero, hablaba de una inversión estimada de al menos 300 millones de pesos y de una superficie que podría quedar entre cinco y 10 hectáreas, además de señalar que existían cinco opciones de terreno para construirlo.

El tiempo pasó y ahora, a menos de tres meses de terminar 2026, el panorama sigue siendo prácticamente el mismo. El alcalde soledense Juan Manuel Navarro ha señalado recientemente que todavía no se ha definido un predio, aunque sí han existido algunas opciones que no han resultado suficientes para concretar el proyecto. Y ahí es donde una promesa comienza a parecerse a un recuerdo: se anunció, se habló de ella, se le puso una fecha y después comenzaron las largas.

Pero hablando de otro olvidado, este duele un poco más porque pega directamente a la educación y a los estudiantes. Son las obras anunciadas por el Gobierno del Estado en la Facultad de Ciencias de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP), en el campus Pedregal, inconclusas y detenidas desde su arranque el 12 de abril de 2024.

Han pasado prácticamente más de dos años desde aquel banderazo que el Gobierno del Estado y la propia UASLP dieron para iniciar un proyecto con una inversión superior a los 32 millones de pesos, recursos que serían destinados a saldar parte de una deuda estatal con la Universidad. El proyecto incluía el reforzamiento estructural de la Torre 2 (Edificio 3), la construcción de un gimnasio, el techado de las canchas deportivas y un nuevo estacionamiento.

En el anuncio sonaba bien, incluso uno podría pensar que valdría la pena esperar. Pero la realidad terminó siendo otra: la obra quedó prácticamente abandonada, con excavaciones y daños en el área de estacionamiento que no han sido reparados. El rector de la Universidad, Alejandro Zermeño Guerra, ha señalado en ocasiones anteriores que el Gobierno estatal no ha presentado propuestas formales para destrabar el adeudo ni retomar los trabajos. Y el “muertito”, como suele decirse en estas fechas, también se manifiesta. Estudiantes de la Facultad han realizado manifestaciones simbólicas, incluso antifestejos por los aniversarios de aquella promesa, para exigir que finalmente se concluya la infraestructura que les fue anunciada.

Porque ahí está quizá la parte más incómoda de esta historia. Una cosa es anunciar una obra y otra muy distinta es hacerla realidad. El Tangamanga III ni siquiera ha comenzado porque todavía no existe un terreno definido, mientras que en la Facultad de Ciencias sí hubo un banderazo, presupuesto anunciado y maquinaria que llegó al lugar, pero la obra terminó detenida. Son dos historias distintas, pero tienen algo en común: el paso del tiempo y la falta de una explicación que permita saber cuándo dejarán de ser promesas pendientes.

En estas fechas se acostumbra decir que nadie muere mientras alguien lo recuerde. Tal vez con los proyectos públicos debería pasar algo parecido. Porque una obra no debería convertirse en una promesa muerta por falta de seguimiento, mucho menos cuando quienes esperan su conclusión son estudiantes. Al final, también los gobiernos tienen memoria pendiente y, sobre todo, tienen la obligación de rendir cuentas sobre aquello que prometieron.

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