El dicharachero: Dichos para estos tiempos.
“Hágase tu voluntad… en los bueyes de mi compadre”
Reflexiones de Daniel Gutiérrez / 10 de abril de 2026
La idea es sencilla: todos estamos de acuerdo… siempre y cuando no nos afecte.
Porque una cosa es pedir reglas, y otra muy distinta es aceptarlas y acatarlas cuando empiezan a aplicarse en casa.
Y algo así parece estar pasando con la relación del gobierno mexicano y la Organización de las Naciones Unidas.
En los últimos meses, desde México se ha insistido en que los organismos internacionales deben ser más firmes, más claros, más presentes: Que no basta con observar, que hace falta pronunciarse. Que el silencio también es una forma de omisión cuando se trata de crisis que afectan a miles de personas.
El planteamiento, en principio, es difícil de cuestionar. Nadie podría oponerse a la vigilancia internacional en materia de derechos humanos.
Pero el problema empieza cuando esa exigencia deja de ser abstracta y se vuelve concreta.
Cuando esos mismos organismos deciden alzar la voz… pero sobre lo que ocurre dentro del país.
Ahí el tono cambia.
Porque cuando la ONU se pronuncia sobre la situación de desapariciones en México, la reacción ya no es de respaldo, sino de incomodidad.
Se habla de injerencia, de falta de contexto o de lecturas parciales. Lo que antes era exigencia, ahora se vuelve reclamo.
Y ahí es donde entra el dicho. Porque pareciera que sí queremos que se pronuncien… pero no sobre nosotros.
Que la crítica es bienvenida, siempre y cuando tenga destinatario ajeno. Que la vigilancia internacional es útil… mientras no nos incluya.
El problema es que esa lógica no solo es inconsistente, también es peligrosa.
Porque el tema de las desapariciones no es menor. Es una de las crisis más sensibles del país, con miles de familias que siguen buscando respuestas.
No es un asunto de discurso, sino una realidad que se arrastra desde hace años.
Y en ese contexto, centrar la discusión en si un organismo internacional debe o no opinar termina desviando la atención de lo importante. El foco deja de estar en el problema y se traslada a la reacción.
Al final, no se trata de quién dice las cosas, sino de qué se está diciendo. Y si se exige que los organismos internacionales hablen, hay que estar dispuestos a escucharlos, incluso cuando incomode.
De lo contrario, la postura deja de ser de principios y se convierte en conveniencia.
Y entonces sí: hágase la voluntad… pero solo en los bueyes del compadre.
Pero, a fin de cuentas, como decía Cristina Pacheco: aquí nos tocó vivir…

