Gobernar para entretener, no para resolver…
Reflexiones de Samuel Moreno ✒️ / 2 de abril de 2026
La reapertura del parque acuático del Tangamanga I, ahora rebautizado como “Dinoasis”, llega envuelta en el discurso de la renovación y el acceso popular, sin embargo, más allá de la narrativa oficial, la pregunta de fondo sigue siendo incómoda y vigente: ¿era realmente necesario destinar recursos públicos a un proyecto de entretenimiento de alto costo operativo, particularmente uno que implica consumo intensivo de agua?
Porque no se trata solo de cambiarle el nombre a un parque tras perder el registro de “Splash”. Se trata de entender qué prioridades está fijando el Gobierno del Estado.
Un parque acuático no es infraestructura esencial. Es, en el mejor de los casos, un complemento. Y cuando ese complemento se financia con recursos públicos en un contexto de carencias estructurales, el debate deja de ser técnico y se vuelve profundamente político.
El caso de “Dinoasis” no es aislado.
Se inserta en una tendencia clara sobre la apuesta por el espectáculo como eje de gobierno. Ahí están las últimas ediciones de la Feria Nacional Potosina (FENAPO), con carteleras cada vez más rimbombantes, artistas de alto perfil y una narrativa de “eventos gratuitos” que evita cuidadosamente hablar del costo real. Y cuando se pregunta cuánto dinero público se ha destinado a estos espectáculos, la reacción suele ser de incomodidad, cuando no de abierta molestia. Como si la exigencia de transparencia fuera una afrenta.
Pero mientras se invierte en entretenimiento, los problemas de fondo siguen ahí, sin maquillaje que los oculte del todo.
La inseguridad persiste como una de las principales preocupaciones ciudadanas; la falta de empleos bien remunerados limita el desarrollo de miles de familias; y el sistema estatal de salud continúa mostrando signos de colapso, con carencias que no se resuelven con anuncios ni con eventos masivos.
Aun así, desde el discurso oficial se insiste en proyectar una realidad distinta, muchas veces respaldada por encuestadoras cuya credibilidad ha sido cuestionada reiteradamente.
Se construye así una narrativa donde todo marcha bien, donde las cifras favorecen y donde las decisiones parecen incuestionables. Pero la realidad cotidiana —la que se vive fuera de los espectáculos— cuenta otra historia.
Y es aquí donde aparece otro problema de fondo: la ausencia de límites. Porque gobernar sin contrapesos, sin cuestionamientos y sin rendición de cuentas puede ser cómodo, pero también es peligroso. La falta de límites no solo permite decisiones discrecionales; también abre la puerta a prioridades distorsionadas, donde lo urgente queda relegado frente a lo vistoso.
“Dinoasis” abrirá y seguramente será concurrido. Pero su existencia no puede analizarse en aislamiento. Es parte de una lógica más amplia donde el entretenimiento gana terreno mientras los problemas estructurales siguen esperando. La pregunta no es si la gente merece espacios de recreación —por supuesto que sí—, sino si este gobierno está destinando el dinero público donde más se necesita. Y hoy, la respuesta parece inclinarse más hacia el espectáculo, que hacia la solución de fondo.

