• 13 marzo, 2026 05:09

El dicharachero … Dichos para estos tiempos.

“Crónica de una muerte anunciada…”

Reflexiones de Daniel Gutiérrez / 13 de marzo de 2026

Así se titula una de las novelas de Gabriel García Márquez, escrita en 1981.

En ella, todo un pueblo sabe que un crimen está a punto de ocurrir. La noticia circula, se comenta en las calles, pasa de boca en boca… y, sin embargo, nadie logra evitar el desenlace. La tragedia termina ocurriendo casi como si estuviera escrita de antemano.

Algo parecido ocurrió esta semana con la llamada reforma electoral.

La reforma constitucional requería de una mayoría calificada en el Congreso. En la práctica de este gobierno, eso implicaba una operación política con los aliados que integran el bloque legislativo de la llamada “Cuarta Transformación”.

La Presidencia de la República ya ha logrado sacar adelante otras reformas constitucionales; sin embargo, en este caso se enfrentaba a los intereses reales de esos mismos partidos aliados.

No se trataba de una reforma que modificara el Poder Judicial ni la seguridad pública, temas que en otros momentos lograron resolverse sin mayores sobresaltos. Esta vez se tocaba algo mucho más delicado para los partidos políticos: su acceso al poder.

Y cuando ese tema entra en la conversación, la disciplina política suele evaporarse con notable rapidez.

El rechazo comenzó a perfilarse con tiempo. Primero aparecieron señales de distancia y declaraciones cruzadas; después llegaron posicionamientos más claros, hasta que las dirigencias del PVEM y del PT lo dijeron abiertamente: si la iniciativa se presentaba en los términos planteados, no sería apoyada. Con ello, MORENA simplemente no tendría la mayoría calificada necesaria.

La muerte de la reforma, en otras palabras, estaba anunciada.

Aun así, la Presidencia decidió continuar con la iniciativa. Y es aquí donde las cosas comienzan a volverse menos claras.

Si los propios aliados habían advertido con anticipación que por ese camino no transitarían, resulta inevitable preguntarse por qué se insistió en avanzar exactamente por ahí.

Las explicaciones posibles no son muchas. Tal vez se trataba de una promesa política que simplemente había que cumplir. O quizá el cálculo era otro: empujar la reforma aun sabiendo que no pasaría, para dejar claro que su fracaso no sería responsabilidad presidencial, sino de los propios aliados.

También existe la posibilidad —siempre presente en la política mexicana— de que simplemente se haya tratado de exceso de confianza… o de una operación política que nunca terminó de construirse.

Los costos políticos de este episodio aún no quedan del todo claros. Habrá que ver si abre la puerta a tensiones más profundas dentro de la llamada Cuarta Transformación o si se trata simplemente de un desacuerdo momentáneo entre aliados.

Lo que sí parece evidente es que la imagen de la Presidencia queda debilitada. Durante el sexenio anterior, muchas iniciativas del Ejecutivo avanzaban en el Congreso “sin moverles una coma”, y la actual Presidencia no parece mostrar el mismo nivel de control sobre sus aliados.

Pero quizá el costo más importante no sea ese. En un momento en que el país enfrenta desafíos complejos, lo que más se necesita son certezas. Y cuando una reforma de este calibre se anuncia con bombo y platillo para después convertirse en una crónica de una muerte anunciada, lo que queda en el ambiente es una sensación de incertidumbre.

En la política mexicana, a veces el problema es que nadie termina de explicar por qué la historia se escribió de esa manera. Pero, a fin de cuentas, y como decía Cristina Pacheco, aquí nos tocó vivir.

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