• 3 abril, 2026 05:29

El dicharachero: Dichos para estos tiempos.

“No se puede chiflar y comer pinole…”

Reflexiones de Daniel Gutiérrez / 3 de abril de 2026

La idea es sencilla: hay cosas que, por más que uno quiera, simplemente no se pueden hacer al mismo tiempo. Intentarlo suele terminar mal, o al menos, con resultados mediocres, a medias o catastróficos.

Y algo así parece estar pasando en la economía mexicana.

Esta semana, el Banco de México decidió recortar su tasa de interés, en una votación que, por cierto, no fue unánime. La intención es clara: darle un empujón a la economía, facilitar el crédito y estimular el crecimiento.

Y, hasta ahí, todo suena razonable.

El problema es que esa decisión llegó en un momento en el que la inflación está dando señales de repunte. Es decir, los precios siguen presionando el bolsillo mientras la política monetaria empieza a aflojar en un contexto que ya de por sí venía siendo complicado para las familias.

Y eso no es difícil de entender. Basta con ir al supermercado: las cosas cuestan más. Y entonces la disyuntiva es clara: o gastamos más por lo mismo, o compramos menos con el mismo dinero. El dinero rinde menos, y eso se siente cada vez con mayor frecuencia.

Y ahí es donde entra el dicho.

Porque, en condiciones normales, cuando la inflación sube, lo esperable es que las tasas también lo hagan.

El mecanismo de fondo es más complejo, pero la idea general es esa: al encarecer el crédito, se reduce el consumo y la inversión; la gente pide menos préstamos, compra menos y las empresas frenan su gasto. Así circula menos dinero en la economía y se busca quitar presión a los precios.

Pero hoy parece estarse apostando a lo contrario: bajar tasas para que la economía se mueva, aun con el riesgo de que los precios sigan subiendo.

Una decisión que, más que técnica, revela una prioridad. Porque al final, el dilema es claro: estimular el crecimiento o contener la inflación. Y aunque en el papel ambos objetivos pueden convivir, en la práctica suelen estorbarse.

Y el problema es que ese crecimiento tampoco termina de llegar. Se anuncian planes —el llamado “Plan México”— pero en los hechos siguen más en intención que en resultados concretos.

A eso hay que sumarle factores externos: el encarecimiento de energéticos y una economía internacional inestable. Particularmente el precio del petróleo, que cuando sube termina pegándole a todo, porque casi todo se mueve en transporte… y el transporte usa gasolina. Es una cadena que, tarde o temprano, acaba reflejándose en el precio final.

Así que la pregunta no es menor: ¿se está apostando a reactivar la economía a costa de tolerar una inflación más alta?

Porque si ese es el caso, el costo no será parejo. El crecimiento puede beneficiar en el agregado, pero la inflación se siente todos los días: en cada compra, en cada gasto, en cada ajuste al bolsillo.

Y cuando eso pasa, el discurso empieza a acomodarse a la realidad. Se empieza a sugerir que hay que cambiar hábitos… como si el problema fuera elegir entre carne o frijol, y no que cada vez alcanza para menos.

Porque una cosa es que la economía “se mueva”, y otra muy distinta es… que alcance.

Pero, a fin de cuentas, como decía Cristina Pacheco: aquí nos tocó vivir…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *