Crónica de un PAN que ya no existe y de la renuncia anunciada de una panista que siempre fue muy verde…
Por: El Ángel guardián / 23 de febrero de 2026
La renuncia de Aránzazu Puente al Partido Acción Nacional no es una sorpresa; es, más bien, el último ladrillo que se cae de una casa que lleva años cuarteándose, pero cuyos inquilinos insisten en llamar “residencia histórica”. El golpe no es simbólico: es estructural. Y lo más grave no es que alguien se vaya, sino que ya casi no queda nadie quien irse.
El PAN potosino hoy es un cascarón. Bonito por fuera —logotipo azul, ruedas de prensa, discursos sobre valores— pero hueco por dentro. Un partido que nació conservador, con una identidad clara, con un nicho electoral definido, terminó diluyéndose en alianzas pragmáticas, cálculos electorales de corto plazo y una obsesión patológica por “ganar como sea”. El resultado: perdió elecciones, perdió militantes y, peor aún, perdió el alma, la ideología y sus principios.
Porque hay que decirlo sin rodeos: cuando un partido renuncia a su ideología para sobrevivir, no sobrevive; se convierte en franquicia. Y el PAN decidió hace tiempo operar como franquicia electoral: hoy me alío contigo, mañana contigo, pasado con quien sea necesario. Todo, menos defender una línea, una visión de país o, al menos, una coherencia mínima que le permita explicarle al ciudadano por qué debería seguir votando por él.
En ese contexto, la salida de Aranza Puente no es sólo una traición de alguien a quien el PAN le dio vida, posiciones y poder político; es diagnóstico. Es el síntoma visible de una enfermedad crónica: la desconexión total entre dirigencia, militancia y ciudadanía. Una diputada que se va no tumba a un partido sólido; lo abandona cuando ya está en ruinas, por lo tanto, lo de Aranza puede calificarse como una doble traición.
La reacción de la dirigencia estatal, como casi siempre, fue tardía. Tan tardía que nadie sabe si la presidenta estatal del PAN estaba redactando alguna iniciativa para el Senado, afinando el discurso para la gubernatura, cumpliendo —legítimamente— con sus obligaciones familiares, negociando con otras fuerzas o actores políticos, compitiendo con Galindo y con Estela en lo oscurito, o simplemente convencida de que el PAN se dirige solo, como un auto con piloto automático.
Lo que sí es un hecho es que no estaba haciendo lo que debería hacer una dirigente estatal: dirigir. Estar 24/7 pensando en el partido, conciliando, escuchando, construyendo puentes entre panistas y ciudadanos, sentándose a tomar café con líderes, periodistas, empresarios, académicos, jóvenes, colonos, colectivos, iglesias, organizaciones civiles. Política básica, de la vieja escuela. Esa que no da likes, pero da votos.
Hoy la dirigencia parece vivir en una realidad paralela donde basta salir a declarar para que las cosas se compongan solas. Spoiler: no se componen. Mientras el PAN pierde cuadros, a la vez, pierde narrativa y pierde presencia territorial, su dirigencia se conforma con comunicados tibios y conferencias de prensa que suenan más a control de daños que a liderazgo.
El colmo del absurdo llegó cuando la dirigencia anunció, con bombo y platillo, que “el PAN sale a las calles del Distrito 8”. Como si fuera una hazaña épica. Como si ese distrito no hubiera sido, históricamente, una especie de diputación plurinominal disfrazada, un bastión tan seguro que daba para la simulación, la comodidad y el piloto automático.
Pero cuidado: los bastiones también caen. Y cuando caen, el golpe es doble, porque no solo pierdes una elección, pierdes el mito. Y todo indica que rumbo a 2027, con la crisis interna que vive el panismo potosino, ese Distrito 8 podría convertirse en el Waterloo del PAN local. El día en que descubran que ni siquiera ahí eran invencibles.
Mientras tanto, la narrativa oficial insiste en que “todo está bajo control”. Que no pasa nada. Que una renuncia no define al partido. Técnicamente es cierto. Políticamente es una ingenuidad peligrosa. Porque las renuncias no ocurren en el vacío: ocurren cuando no hay diálogo, cuando no hay proyecto y cuando no hay futuro claro.
El PAN de hoy ya no sabe si quiere ser conservador, liberal, progresista moderado o simple oposición automática. Critica al gobierno en turno, pero no ofrece una alternativa clara. Se indigna en redes sociales, pero no construye agenda. Se queja de la hegemonía oficialista, pero no entiende que esa hegemonía se combate con territorio, organización y discurso, no con hashtags.
La renuncia de la diputada ahora ex panista Aranza Puente, pero desde por lo menos hace 4 años con intereses y arreglos con el Gallardismo, es incómoda porque de forma, tendrá que cambiar su armario azul por prendas verdes, señal inequívoca que eres del proyecto del gobernador, pero lo más preocupante, en el fondo, se evidencia algo que muchos panistas prefieren no aceptar: el problema no son los que se van, sino los que se quedan sin hacer nada. Los que administran la decadencia como si fuera una etapa transitoria, cuando en realidad es el resultado lógico de años de decisiones equivocadas.
El reloj político no perdona. 2027 está a la vuelta de la esquina y el PAN potosino llega sin estructura sólida, sin liderazgos visibles y sin narrativa convincente. Con una dirigencia más preocupada por el siguiente cargo que por el presente del partido. Con militantes desmotivados y ciudadanos indiferentes.
La pregunta prioritaria, ya no es si el PAN puede perder su gran bastión político. La pregunta es si alguien dentro del PAN está realmente dispuesto a hacer algo para evitarlo. Porque por ahora, entre renuncias, silencios y simulaciones, el mensaje es claro: el partido anda en todo… menos en dirigir sus propias arcas políticas y morales. Y así, entre cafés que no se toman, calles que se pisan solo para la foto y discursos que ya no convencen a nadie, el PAN sigue su marcha. No hacia el poder, sino hacia la irrelevancia. Con un chiste que, efectivamente, se cuenta solo.

