• 21 marzo, 2026 17:19

Uruapan: el día de muertos que mató la esperanza y encendió la conciencia.

Por: El Ángel guardián / 06 de noviembre de 2025

Dicen que en México los muertos salen a caminar una vez al año. Pero en Uruapan, Michoacán, los vivos son los que tienen que esconderse. Este Día de Muertos, mientras las familias llevaban flores, velas y otras ofrendas a los panteones, el terror decidió hacer su propia ofrenda en plena plaza pública: la vida del alcalde Carlos Manzo, asesinado frente a su esposa, sus hijos y sus vecinos. No fue una ejecución más. Fue un mensaje, un grito, una sentencia dictada a la luz del día: aquí manda quien tiene el fusil, no quien tiene la banda tricolor en el pecho.

El crimen fue brutal: Sí, pero lo verdaderamente espeluznante fue el silencio; Un silencio que lleva por cómplice la inacción para resolver de fondo las causas de la violencia en Michoacán y en todo México.

Silencio y ausencia del gobernador de Michoacán, ese que aparece en todas las fotos sonriendo con empresarios y cortando listones, pero que ahora no tuvo valor para dar el pésame al momento, salir a acompañar al pueblo en su duelo y cuando lo hizo fue muy tarde llevándose la rechifla de la sociedad enojada y un “zape” por una señora que representó el deseo de muchos.

Silencio y ausencia de la presidenta Sheinbaum, que prefiere seguir con su discurso de abrazos y fantasías, como si el país fuera una gran maqueta donde todo se resuelve con buena vibra y flores de cempasúchil.

Silencio de las instituciones y de los partidos políticos, esos mismos que prometen “recuperar la paz” cada seis años y terminan dándole el pésame al próximo caído y que esta vez se limitaron a pelear la potestad de la bandera del asesinato, lucrando miserablemente con la muerte.

Pero no se equivoquen: lo más indignante no es que hayan matado a un alcalde. Lo verdaderamente doloroso es que hayan asesinado a un hombre que no se calló. Carlos Manzo no era un político más de esos que cambian de color como camaleones en campaña. Era un activista que denunció públicamente la presencia del crimen organizado en Uruapan, que pidió ayuda, que exigió seguridad. Y lo mataron en el corazón de su ciudad, en el mismo lugar donde se supone que la autoridad debería ser respetada. Lo ejecutaron, literalmente, frente a la vida cotidiana, para dejar claro quién manda en Michoacán.

Mientras tanto, desde Palacio Nacional y Casa Michoacán, las declaraciones son un festival de clichés: “vamos a investigar”, “no quedará impune”, “ya tenemos líneas de investigación”. Frases huecas que ya ni los párvulos creen. Y claro, cuando alguien les pregunta si esto es señal de que el Estado ha perdido el control, salen con el guion de siempre: “la culpa es de Fox, de Calderón, de Peña, del pasado”. Si, pero no.  Llevan ya siete años repitiendo la misma cantaleta, como si el narco les hubiera dado también el monopolio de la amnesia. ¿Cuántos más?

¡Ya basta! No se trata de un pleito partidista, se trata de un país que está dejando de tener miedo porque ya está acostumbrado al horror. Uruapan se ha convertido en símbolo de lo que pasa cuando la indiferencia gubernamental se mezcla con la impunidad: el crimen no sólo controla territorios, ahora controla el calendario. Hasta el Día de Muertos se tiñe de pólvora.

Y claro, los mismos que deberían dar la cara prefieren esconderla detrás de discursos reciclados. El gobernador Ramírez Bedolla, con esa pasmosa calma de quien vive en otro planeta, dice que “no hay que politizar el tema”. ¡Ah, claro! Porque el asesinato de un alcalde frente a su familia no es político, es apenas un malentendido, una “percepción”. La presidenta, por su parte, habla de “solidaridad” y de “trabajo coordinado con las autoridades locales”. Traducción: no sabemos qué hacer, pero no queremos que parezca que no hacemos nada.

Lo trágico es que, en medio de esta cobardía institucional, la gente de Uruapan sigue levantando altares, sigue encendiendo velas, sigue pidiendo paz en voz baja para que nadie la escuche. Porque en Michoacán, hasta rezar se ha vuelto un acto de valentía. Y así seguimos, entre el miedo y el cinismo, viendo cómo los verdaderos valientes —los que se atreven a denunciar, a exigir, a gobernar con dignidad— caen bajo las balas. Carlos Manzo se unió a la lista de quienes no deberían estar muertos. Los que creyeron que aún valía la pena levantar la voz.

Pero no esperemos justicia rápida. En México, la justicia siempre llega tarde, y cuando llega, suele venir acompañada de un discurso. Pronto veremos a los políticos posar junto a un altar con la foto del alcalde, prometiendo que “su legado seguirá vivo”. Hipocresía de guion, lágrimas de utilería. Porque en este país no se mata sólo con balas; también se mata con el silencio, con la omisión, con la indiferencia disfrazada de protocolo.

El asesinato del alcalde Manzo no es una tragedia aislada: es el espejo de un Estado que perdió la brújula moral y política. De un gobierno que ya no gobierna, sólo administra la violencia y reparte culpas al pasado. Mientras tanto, los criminales continúan desfilando impunemente por las calles, tan tranquilos como si formaran parte del gabinete.

Y así, entre velas, cempasúchil y sangre, se celebró el Día de Muertos en Uruapan. Un día en que los vivos honraron a sus difuntos… y los criminales se encargaron de aumentar la lista. Dicen que el silencio también es una respuesta. En Michoacán, ese silencio se ha vuelto un grito insoportable. Y aunque los poderosos lo ignoren, el eco se seguirá escuchando: no mataron sólo a un alcalde; mataron la poca esperanza que quedaba de que alguien, en este país, se atreviera a gobernar con valor.  Pero hay hechos desafortunados que despiertan conciencias.