Cuando la lealtad dura lo que dura el poder.
Reflexiones de Samuel Moreno ✒️ / 12 de marzo de 2026
En la política mexicana —y particularmente en la potosina— hay frases que buscan cerrar debates antes de que comiencen.
“El que se va no hace falta”, dijo la dirigente estatal de Morena en San Luis Potosí, Rita Ozalia Rodríguez Velásquez, al referirse a la salida del alcalde de Vanegas, Gerónimo García Ruiz, quien decidió abandonar el partido con el que ganó la elección en 2024 para sumarse al Partido Verde Ecologista de México.
La frase pretende proyectar firmeza, pero en realidad revela algo más profundo: la normalización del transfuguismo político.
Porque cuando un alcalde cambia de partido apenas a la mitad del camino —o incluso antes de que su administración termine de consolidarse— lo que queda en entredicho no es solo su lealtad partidista, sino la confianza de los ciudadanos que votaron por un proyecto político específico.
Rodríguez Velásquez fue directa al señalar que “hay que tener palabra” y que se ve mal con el pueblo de Vanegas abandonar el partido por el que se llegó al poder.
La crítica tiene lógica. La identidad partidista, en teoría, implica una plataforma, principios y compromisos con el electorado. Pero la realidad política mexicana ha demostrado una y otra vez que, para muchos actores, las siglas son apenas un vehículo electoral desechable.
Sin embargo, la historia tampoco es tan simple.
El propio Gerónimo García justificó su decisión argumentando que el municipio enfrenta rezagos importantes y que la coordinación con el gobierno estatal —encabezado por una administración vinculada al Partido Verde— podría facilitar la llegada de recursos y obras.
En otras palabras: la lógica del pragmatismo político.
Y ahí está el verdadero dilema.
Porque si un alcalde siente que para gestionar recursos debe cambiar de partido, entonces el problema no es únicamente la lealtad política, sino el sistema de incentivos que empuja a los municipios a alinearse con el poder estatal o federal para sobrevivir administrativamente.
En ese contexto, la crítica de Morena es comprensible, pero también revela las tensiones de una política donde las fronteras ideológicas son cada vez más difusas.
Hoy, los partidos reclaman fidelidad cuando pierden cuadros, pero celebran incorporaciones cuando las ganan.
El caso de Vanegas no es un hecho aislado. Es, más bien, un síntoma de una cultura política donde el poder sigue pesando más que las convicciones.
Y mientras eso no cambie, las siglas continuarán moviéndose; con la misma facilidad con la que se cambian las alianzas.

