El clasismo también se disfraza
de crítica política.
Apuntes de Rolando Morales ✒️ 1 de septiembre de 2026
Hay una curiosa especie de crítico político en San Luis Potosí que descubrió, quizá después de varios años y mirando al mundo desde la comodidad de su propio espejo, que la mejor manera de combatir al Gallardismo es burlarse de quienes van a la FENAPO.
No de las cuentas. No de los contratos. No de los mecanismos de contratación de artistas. No de la transparencia del gasto. No de la utilización política de los espectáculos. No. Eso requiere investigar. Es más sencillo hablar de la gente que asiste. Y ahí aparece el clasismo, muy peinadito, con léxico de intelectualidad y disfrazado de crítica política.
Porque una cosa es cuestionar a Ricardo Gallardo Cardona, su modelo de gobierno, el uso político de los programas sociales, la concentración del poder o esa construcción simbólica del gobernador como “el padrino”, expresión que incluso ha sido analizada como parte de una relación política padrino-ahijado en lugar de gobernante-ciudadano y otra, bastante distinta, es suponer que quien se emociona con un concierto gratuito en la FENAPO es un pobre diablo manipulado que no tiene capacidad para distinguir entre cultura y propaganda.
Por cierto, lo de “ahijado” no salió de la nada. El propio Gallardo ha utilizado esa palabra para dirigirse a la ciudadanía en mensajes públicos, mientras la narrativa política alrededor de su figura consolidó también la idea del “padrino” y, en el caso de Ruth González, de “la madrina”, que son conceptos políticamente cuestionables y perfectamente criticables.
Lo que resulta patético es convertirlo en licencia para insultar a quienes aceptan una despensa, reciben un apoyo, acuden a la feria o disfrutan un concierto. La FENAPO, guste o no, es un fenómeno social de proporciones enormes: En 2025 reportó más de nueve millones de visitas y una derrama estimada de seis mil 500 millones de pesos; en 2026 el gobierno reportó más de 10 millones de visitas. Katy Perry reunió una cifra estimada de 320 mil personas y el llamado “Potosinazo” llegó a 367 mil, según reportes publicados. ¿De verdad la conclusión intelectual es que cientos de miles de personas son unos ignorantes porque cantan, bailan o quieren ver a sus artistas favoritos?
Se puede, y se debe, preguntar cuánto cuesta cada espectáculo, quién lo paga, bajo qué contratos, cuánto se recupera, cuánto se subsidia, qué empresas participan y si los resultados económicos que presume el gobierno están debidamente sustentados. De hecho, el propio Patronato informó que la FENAPO 2025 costó alrededor de 50 millones de pesos, mientras reconoció no tener en ese momento el dato del gasto público de la edición siguiente.
Ahí está la discusión seria. Pero hay quienes prefieren hablar del físico de los políticos, de cómo se visten, de quién está gordo, quién es feo, quién es corriente o de cómo luce la gente que aparece en las fotografías de la feria. Eso no es una crítica al poder.
Es una forma bastante vieja y vana de desprecio social. Y cuando se hace desde una supuesta superioridad cultural, resulta todavía más revelador.
Porque el derecho a la cultura no tiene código postal, licenciatura ni boleto VIP. El artículo 4 constitucional reconoce que toda persona tiene derecho al acceso a la cultura, al disfrute de los bienes y servicios culturales del Estado y al ejercicio de sus derechos culturales, con respeto a la diversidad y a la libertad creativa.
Eso significa que también tienen derecho a la cultura quienes escuchan música grupera, reguetón, rock, banda, pop o cualquier otra expresión que no figure en la playlist de los iluminados. La cultura no se vuelve vulgar porque la disfruten miles de personas.
Y que quede perfectamente claro: esto no es defender al Gallardismo ni a sus actores. Mucho menos significa justificar el derroche de recursos públicos en eventos cuestionables, la opacidad, la propaganda gubernamental disfrazada de entretenimiento o cualquier mecanismo de utilización política de una feria. Es precisamente al revés. La crítica al poder debe ser más exigente que el insulto fácil.
Si queremos cuestionar el populismo, hay que cuestionar sus estructuras; si queremos hablar de clientelismo, hay que documentarlo; si queremos hablar de propaganda, hay que demostrarla; si queremos hablar de dinero público, hay que seguir el dinero. Lo demás es solamente hacerle cosquillas al poder mientras se desprecia al pueblo.
Y aquí conviene recordar algo incómodo para los críticos de café: separarnos de nuestra clase desde una supuesta «superioridad intelectual» es exactamente lo que le es funcional a este sistema. Mantenernos críticos ante las armas de enajenación no significa que debamos violentarnos entre nosotros.
Porque quizá el verdadero problema no sea que el pueblo vaya a la FENAPO. Quizá el problema sea que algunos todavía creen que, para ser críticos, primero tienen que dejar de parecerse al pueblo que dicen defender.
Contrapeso noticias… Opinión que hace opinión con una nueva generación de columnistas.

