• 3 julio, 2026 05:11

El dicharachero: Dichos para estos tiempos.

¿Y si sí…?

Reflexiones de Daniel Gutiérrez / 3 de julio de 2026

Es una expresión que llevamos años usando para convivir con la incertidumbre. Lo decimos cuando algo puede salir bien: “¿Y si sí nos aceptan el proyecto?”, pero también cuando puede salir mal: “¿Y si sí llueve?”.

Son apenas tres palabras que aparecen cuando el desenlace todavía no está escrito y cualquier posibilidad sigue abierta.

Lo que ocurrió en los últimos días fue algo curioso. Conforme México avanzaba en el Mundial: la afición terminó apropiándose de aquella vieja expresión hasta convertirla, casi sin proponérselo, en su propia forma de acompañar a la Selección.

Este dicho invadió redes sociales, memes, programas deportivos y conversaciones cotidianas; Poco importaba cuál fuera el siguiente rival; la pregunta era siempre la misma.

No prometía nada. Simplemente dejaba abierta la posibilidad de creer: ¿y si sí?

Y ocurrió algo todavía más interesante.

La afición tomó una frase que normalmente expresa incertidumbre y la transformó en una invitación a creer. Cada vez que México avanzaba, el “¿y si sí?” encontraba un nuevo destino.

Primero era avanzar, luego vencer a Ecuador, hoy es Inglaterra. Mientras el balón siga rodando, siempre habrá espacio para creer que la historia puede escribirse de otra manera.

Quizá por eso el futbol consigue algo que muy pocas cosas logran: capturar por completo nuestra atención: Durante unos días todos somos directores técnicos; discutimos alineaciones, cuestionamos cambios y exigimos resultados; nos involucramos porque sentimos que el resultado importa.

Lo curioso es que esa intensidad rara vez sale del estadio.

Fuera de la cancha solemos conformarnos con mucho menos de lo que exigiríamos a la Selección.

Si un entrenador insiste en una estrategia que no funciona, pedimos cambios. Si un jugador deja de rendir, exigimos que alguien más ocupe su lugar.

Como si el derecho a exigir terminara cuando termina el partido. Pero cuando hablamos de la vida pública pareciera que bajamos la guardia.

Escuchamos promesas que pocas veces volvemos a revisar, aceptamos explicaciones en lugar de resultados y dejamos pasar decisiones que afectan nuestra vida cotidiana con una resignación que jamás tendríamos frente a un partido de futbol.

Tal vez valga la pena hacernos otra pregunta. ¿Y si sí siguiéramos la política con el mismo interés con el que seguimos un Mundial? No para pelearnos en redes, sino para informarnos mejor, recordar lo prometido, exigir resultados y no conformarnos con el primer pretexto.

Porque el problema nunca ha sido nuestra capacidad para creer o para exigir. Esa la demostramos cada vez que rueda un balón.

El verdadero problema es haber convencido a muchos de que la política no merece la misma atención, cuando sus resultados terminan influyendo mucho más en nuestra vida que cualquier marcador.

Quizá el verdadero reto no sea aprender a decir “¿y si sí?”. Eso ya lo sabemos hacer. El verdadero reto sería volver a hacernos esa misma pregunta cuando hablamos de seguridad, de educación, de salud, de justicia o de quienes toman decisiones en nuestro nombre.

Porque un Mundial puede cambiar el ánimo de un país durante unas semanas. Pero es la política la que puede cambiar —para bien o para mal— la vida de ese mismo país durante años.

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