• 20 junio, 2026 05:07

En voz alta: Derechos humanos y dignidad

Sordos e invisibles…

Catalina Torres Cuevas ✒️ / 20 de junio de 2026

La privación lingüística trata de la falta de exposición a una lengua durante los primeros años de vida. Esta privación tiene consecuencias que van más allá de la falta de comunicación y afecta en el nivel neurológico, cognitivo y socioemocional. 

La privación lingüística es común y se encuentra normalizada en los niños sordos debido a la falta de políticas públicas que prevean protocolos de atención dirigidos a la promoción y el desarrollo de la lengua de señas en cuanto los padres o los doctores se percatan de que el infante no tiene audición o la tiene muy reducida.

Conforme pasa el tiempo de vida de las personas sordas, el problema se ramifica y se vuelve cada vez más complejo para ellas y para sus familias: la falta de comunicación, el abuso sexual, la violencia, la complicación para encontrar la educación adecuada y, conforme se vuelven adolescentes y adultos, el aislamiento, el deterioro en la salud mental, la discriminación y la falta de realización personal y profesional.

En nuestro país, y más concretamente en nuestro estado, las personas que nacen sordas o adquieren la discapacidad auditiva antes de aprender el español tienen una probabilidad muy alta de convertirse en adultos analfabetas y, por lo tanto, muy baja probabilidad de tener trabajos bien remunerados. 

Estamos hablando de una discriminación sistémica que no es atendida por ningún nivel de gobierno

La Suprema Corte de Justicia de la Nación resolvió el 28 de abril pasado la obligatoriedad de que el IMSS entregue aparatos auditivos e implantes cocleares a menores de edad declarando inconstitucional la restricción que existía. 

Este es un gran paso, pero la privación lingüística no se contempla como un problema a resolver. No existe la obligatoriedad de que los niños adquieran una lengua desde edad temprana. 

Se cree que estos aparatos, por sí mismos, normalizarán la vida de los niños sordos, sin embargo, los implantes cocleares no aseguran el éxito esperado, lo que provoca pérdida de tiempo en terapias, intervenciones médicas y procesos que no siempre dan los resultados esperados. 

Finalmente, muchos niños terminan aprendiendo lengua de señas, pero tarde, con lo que se niega o retrasa el acceso a una lengua natural como la lengua de señas.

Por un lado, tenemos que alrededor de la discapacidad auditiva, existen muchos estereotipos que llevan a que los padres rehúyan o rechacen la posibilidad de que sus hijos sordos aprendan la lengua de señas desde las etapas más tempranas de la vida.  En su mayoría buscan que sus hijos se oralicen y que se alejen de una comunidad a la que no quieren pertenecer. 

Existe una tradición de maestros que (como en las épocas en las que amarraban la mano izquierda a los zurdos para que sólo utilizaran la derecha) que impedían (e impiden todavía) que los niños sordos, señen. 

La lengua de señas entonces, una lengua como cualquier otra, se estigmatiza, se minimiza y se llena de una carga negativa que impide el desarrollo lingüístico de los niños sordos, con todas las repercusiones personales y sociales que implica no tener una lengua materna. 

De este hecho deviene la exigencia de la comunidad de las personas sordas por el reconocimiento de una “cultura sorda” basada en la lengua de señas.

Por otro lado, la ausencia de políticas que se promuevan que las infancias sordas tengan la seguridad de adquirir una lengua materna, mantiene a esta población en vulnerabilidades desde la negación de su personalidad jurídica, ser considerados no aptos para cualquier actividad y muchas otras complicaciones relevantes que podrían preverse.

En México el INEGI contabiliza más de trescientas mil personas sordas que no saben leer ni escribir y de ellas, más de ocho mil se encuentran en San Luis Potosí. 

La SEGE insiste en que hace lo correcto en su sistema de educación especial, pero la realidad de los números es apabullante, más de ocho mil personas sordas adultas que no pueden leer un recado porque el sistema les falló y les sigue fallando a las infancias sordas.

El problema del analfabetismo en las personas sordas grande, pero invisible, camina junto a nosotros, se sube al mismo camión, va a las mismas tiendas, pero no lo vemos. 

Es una pena que este mismo artículo ellas no puedan leerlo.

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