Movilidad estacionada.
Apuntes de Rolando Morales ✒️ 16 de junio de 2026
Si algo ha dejado claro la actual administración municipal es que su concepto de movilidad sigue orbitando alrededor del automóvil.
Cambian los discursos, aparecen nuevos programas y se multiplican los anuncios sobre inclusión, accesibilidad y seguridad vial, pero cuando llega el momento de asignar presupuesto, ejecutar obras y transformar el espacio público, el protagonista de siempre vuelve a ocupar el centro del escenario.
En semanas anteriores en el marco del pomposo programa Centro Histórico Corazón de San Luis, el ayuntamiento de la capital volvió a presumir cajones de estacionamiento. Primero para motocicletas, después para personas con discapacidad. Nadie podría cuestionar la necesidad de espacios accesibles ni la urgencia de ordenar el estacionamiento en el Centro Histórico.
El problema es que esas acciones son presentadas como avances en movilidad cuando en realidad siguen respondiendo a una lógica donde la prioridad continúa siendo administrar vehículos y no garantizar el desplazamiento seguro de las personas.
La señal es clara. Mientras las banquetas siguen llenas de obstáculos, las ciclovías permanecen inconclusas y los cruces peligrosos continúan cobrando víctimas, la principal innovación gubernamental consiste en pintar cajones sobre el pavimento. La ciudad de la pintura amarilla avanza una raya más.
Lo paradójico es que el diagnóstico ya existe. Desde hace años especialistas, académicos y colectivos ciudadanos han documentado los problemas de movilidad de la capital. Han identificado puntos de riesgo, elaborado propuestas técnicas, desarrollado proyectos ejecutivos y construido una visión metropolitana mucho más ambiciosa que la planteada por las propias autoridades.
Incluso recientemente Derechos Urbanos presentó una propuesta de más de 900 kilómetros de infraestructura ciclista para la zona metropolitana. El trabajo está hecho.
Sin embargo, la respuesta institucional parece atrapada en una burocracia interminable. El Plan Maestro de Ciclovías anunciado cumplió más de un año sin avances tangibles. Las metas de ampliación de la red ciclista contempladas en el propio Plan Municipal de Desarrollo lucen cada vez más lejanas.
Los reglamentos siguen en revisión. Las mesas de trabajo siguen dialogando. Los anuncios siguen llegando. Las obras siguen sin aparecer.
Cada vez que se cuestiona el retraso, surge una nueva explicación: Que falta armonizar reglamentos. Que falta una ley estatal. Que faltan consensos técnicos. Que primero deben resolverse otros asuntos. Mientras tanto, el tiempo pasa y la infraestructura segura permanece detenida.
Resulta difícil creer que el obstáculo sea jurídico cuando los puentes, deprimidos y proyectos orientados al automóvil avanzan con bastante mayor velocidad.
La contradicción se vuelve más evidente cuando se observan las obras consideradas prioritarias para la ciudad. Los recursos públicos siguen dirigiéndose a proyectos que facilitan el flujo vehicular y aumentan la capacidad para los automóviles. En contraste, la movilidad peatonal, ciclista y accesible continúa recibiendo intervenciones mínimas, temporales o experimentales.
Tampoco ayuda la insistencia oficial en apelar a la llamada cultura vial. Se trata de un argumento cómodo porque traslada parte de la responsabilidad a la ciudadanía. Si hay siniestros, se culpa al conductor imprudente, al peatón distraído o al ciclista descuidado.
Pero las ciudades más seguras del mundo han demostrado que la seguridad vial no depende de sermones ni campañas de conciencia. Depende del diseño urbano. Depende de infraestructura protegida. Depende de decisiones gubernamentales.
Quizá por eso la discusión ya no gira alrededor de la falta de diagnósticos, estudios o propuestas. Todo eso existe. Tampoco parece ser un problema de conocimiento técnico, porque la sociedad civil ha documentado durante años qué hacer y dónde hacerlo.
Lo que empieza a quedar en evidencia es algo mucho más incómodo: que en San Luis Potosí la transformación de la movilidad no está detenida por falta de planes, sino por falta de voluntad política. Y mientras esa voluntad no aparezca, la ciudad seguirá inaugurando cajones de estacionamiento como si fueran una revolución urbana.
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