Crónica de una inundación urbanísticamente anunciada…
Apuntes de Rolando Morales ✒️ / 25 de mayo de 2026
En San Luis Potosí llueve y la ciudad colapsa con una precisión casi burocrática.
Basta una tormenta para que avenidas se conviertan en ríos, vehículos floten y las autoridades descubran, otra vez, al enemigo favorito de temporada: la basura en las alcantarillas.
Porque aquí las inundaciones, según el discurso oficial, no tienen causas estructurales. Todo se resume a una botella atorada en un drenaje. El urbanismo salvaje no existe. La destrucción de áreas de recarga hídrica tampoco. La permisividad con los depredadores inmobiliarios es casi una leyenda urbana. Mientras tanto, la Sierra de San Miguelito agoniza bajo toneladas de concreto y la culpa siempre termina cayendo sobre el ciudadano que tiró un vaso de unicel.
Es la salida más cómoda: moralizar el problema para evitar discutirlo.
Cada lluvia repite el mismo ritual. Funcionarios señalando basura acumulada, cuadrillas desazolvando drenajes y llamados a la “conciencia ciudadana”.
Y sí, tirar desechos en la vía pública agrava los taponamientos. Nadie lo niega. Pero reducir el desastre urbano a eso es como intentar apagar un incendio forestal con una cubeta.
La raíz del problema está mucho más arriba: en la Sierra de San Miguelito.
Durante décadas, la sierra funcionó como la gran esponja natural del valle potosino. Ahí el agua se infiltraba lentamente para alimentar acuíferos y regular escurrimientos. Era el equilibrio natural que hoy estorba a quienes ven cada cerro como una oportunidad de negocio y cada área verde como un futuro fraccionamiento “premium”.
La ironía potosina es brutal: destruimos las zonas que captan agua y luego nos sorprendemos porque no hay agua y porque ahora sobra, pero en forma de inundaciones.
El Consejo Hídrico Estatal lo ha dicho con claridad incómoda para el poder: la urbanización invasiva impermeabiliza el suelo.
El concreto y el asfalto impiden la infiltración y provocan que el agua baje violentamente hacia la ciudad.
Menos recarga para los acuíferos; más inundaciones en las zonas bajas. La ecuación no es compleja. Lo complejo parece ser que alguien en el gobierno quiera aceptarla.
Porque hacerlo implicaría reconocer que durante años administraciones municipales y estatales permitieron, y muchas veces celebraron, el crecimiento inmobiliario sobre zonas estratégicas de recarga hídrica.
Implicaría admitir que mientras se hablaba de crisis del agua, se seguían autorizando desarrollos habitacionales en territorios ambientalmente sensibles.
Y ahí aparece otro silencio sospechoso: la ceguera institucional frente a los depredadores inmobiliarios.
Jamás vemos la misma dureza oficial contra quienes desmontan cerros o urbanizan zonas de amortiguamiento. No existen campañas advirtiendo sobre viviendas construidas sobre ecosistemas destruidos.
Ahí la indignación desaparece y todo se transforma en “desarrollo”, “plusvalía” y “crecimiento urbano”, palabras elegantes para disfrazar devastación ambiental.
Incluso con la Sierra de San Miguelito parcialmente protegida como Área Natural Protegida, las zonas de amortiguamiento siguen bajo presión. Siempre hay nuevos intereses y nuevas amenazas inmobiliarias avanzando hacia territorios que deberían mantenerse intactos.
Y mientras académicos e investigadores advierten sobre el desastre anunciado, desde algunos espacios de poder se les trata como exagerados o enemigos del “progreso”.
Ahí están los estudios y las alertas señalando que la crisis hídrica no es solamente climática, sino política y territorial.
Es más sencillo culpar a la ciudadanía por tirar basura que cuestionar el modelo urbano que convirtió al valle potosino en una trampa hidráulica. Más rentable hablar de cultura cívica que revisar permisos y complicidades.
Y así seguirá San Luis: una ciudad cada vez más seca bajo el suelo y cada vez más inundada en la superficie. Una ciudad que destruyó su esponja natural y ahora se ahoga en su propio concreto.
Y mientras el agua arrastra autos y muebles, también exhibe décadas de simulación política disfrazada de planeación urbana oficial.
Porque aquí el balón rara vez toca el césped.
Aquí siempre rebota primero en la política.
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