El dicharachero: Dichos para estos tiempos.
“Los trapos sucios se lavan en casa…”
Reflexiones de Daniel Gutiérrez / 27 de marzo de 2026
La idea es simple: los conflictos internos no se exhiben, se resuelven puertas adentro. Se corrigen, se acomodan y, sobre todo, no se convierten en espectáculo.
Pero algo de eso parece no estarse cumpliendo.
En el sexenio pasado, el presidente Andrés Manuel López Obrador tuvo que recurrir a toda clase de maniobras legislativas porque simplemente no contaba con la mayoría calificada en el Congreso.
De ahí tomaron el concepto de “Plan B” y hasta “Plan C”.
Las grandes reformas chocaban, una y otra vez, con la oposición o con los límites constitucionales, en un escenario donde cada voto contaba y cada negociación era indispensable.
Hoy el escenario es otro. La llamada Cuarta Transformación ya no enfrenta ese problema: como bloque, tiene los números que antes le faltaban. En teoría, ya no habría necesidad de rutas alternas ni de estrategias de emergencia. La mesa está puesta.
Y, sin embargo, algo no termina de cuadrar.
Porque el obstáculo ya no parece estar enfrente, sino adentro.
En esas fuerzas políticas que, en el discurso, forman parte del mismo proyecto, pero que en los hechos comienzan a marcar distancia en temas clave. No se trata ya de si alcanza o no la mayoría, sino de si esa mayoría realmente actúa como tal.
Ahí es donde la pregunta deja de ser técnica y se vuelve política: ¿fue simple incompetencia, se están vendiendo caro… o hay gato encerrado?
Si fue incompetencia, estaríamos hablando de una raya más al tigre. Pero en este caso no es menor: impacta directamente en la imagen de la presidenta Claudia Sheinbaum.
Pero hay otras lecturas posibles.
Una es que dentro de la propia coalición haya actores que empiezan a ver amenazados sus intereses, o que simplemente buscan elevar el precio de su respaldo. En política, los votos rara vez son gratuitos, y menos cuando se vuelven indispensables.
La otra opción —ahí sí, donde podría haber gato encerrado— es que existan indicaciones en sentido contrario. Señales que no necesariamente responden a la lógica pública del momento, sino a equilibrios más complejos.
Y si ese fuera el caso, el origen de esas señales no ofrece demasiadas alternativas: o vienen de Palacio Nacional… o vienen desde Palenque.
Sea cual sea la explicación —falta de control, cálculo político o señales cruzadas— lo cierto es que la llamada Cuarta Transformación parece no haber entendido que los trapos sucios se lavan en casa.
Por el contrario, han terminado por armar todo un espectáculo cuyas consecuencias aún son difíciles de predecir, pero que al día de hoy ya tienen un efecto claro: erosionan la percepción de capacidad política de la Presidencia, tanto hacia dentro como hacia fuera del propio bloque.
Porque en política no basta con tener los votos; también hay que demostrar quién manda sobre ellos.
Pero, a fin de cuentas, como decía Cristina Pacheco: aquí nos tocó vivir…

