El dicharachero … Dichos para estos tiempos.
“Chivo expiatorio”
Reflexiones de Daniel Gutiérrez / 6 de febrero de 2026
El origen del chivo expiatorio se remonta a un antiguo ritual del pueblo judío descrito en el Antiguo Testamento. Durante el Día de la Expiación, un macho cabrío era presentado ante el sumo sacerdote, quien mediante un acto ritual le transfería simbólicamente las culpas del pueblo. Una vez cargado con esas faltas, el animal era conducido al desierto y sacrificado, como una forma de purificación colectiva.
Ese mecanismo sigue vigente, y es precisamente lo que estamos viendo con el descarrilamiento del Tren Transístmico, donde la narrativa oficial optó por una explicación rápida y conveniente para cerrar el caso sin mirar más allá.
La escena resulta casi absurda si se observa con un mínimo de perspectiva. En pleno siglo XXI, un proyecto presentado como moderno y estratégico, colapsa por circular a poco más de 50 kilómetros por hora; una velocidad que cualquier infraestructura contemporánea debería soportar sin mayor problema. Cuando un tren se descarrila por eso, el problema no está en quién conduce, sino en el tipo de obra que se construyó y en quién tomó las decisiones para hacerlo así.
La respuesta institucional apunta a cerrar el caso por la vía más simple. La Fiscalía parece enfocada en individualizar la culpa, en lugar de investigar el problema sistémico que rodea al proyecto.
El mensaje implícito es preocupante: basta con encontrar a un responsable operativo para dar por atendida y “““hacer justicia””” a una tragedia que evidencia fallas mucho más profundas.
Señalar al operador, permite evitar la pregunta incómoda: ¿quién diseñó el proyecto?, ¿quién lo supervisó?, ¿con qué materiales y bajo qué estándares se levantó?
Las fallas estructurales no nacen en la cabina, nacen en los escritorios. Ese es el verdadero sentido del chivo expiatorio: no se le elige porque sea culpable, sino porque es sacrificable; con su caída se protege a quienes tomaron las decisiones de fondo y se preserva intacto el relato de que el proyecto sigue siendo correcto, aunque la realidad lo contradiga.
Y mientras el discurso se acomoda, el dato duro permanece: al menos catorce personas murieron. Frente a eso, poco importa quién cargue con la culpa simbólica si no se realiza una revisión seria que permita entender qué falló, quién decidió y bajo qué criterios se construyó una obra que hoy genera más dudas que certezas. Sin ese análisis, el riesgo no es solo repetir accidentes, sino normalizar que las consecuencias humanas queden subordinadas a la urgencia política de pasar página.
Así, el chivo expiatorio cumple su función: calma la presión, ordena el discurso y permite seguir adelante sin corregir nada. No se investiga a fondo, no se revisan decisiones, no se toca a quienes diseñaron el problema. Desafortunadamente se sacrifica a pocos, los más débiles, y se protege al sistema.
Tal vez algún día el ritual cambie y, en lugar de cargar culpas ajenas, se asuman responsabilidades reales. Por ahora, el desierto sigue recibiendo chivos. A fin de cuentas, como diría Cristina Pacheco, aquí nos tocó vivir…

